Los alimentos funcionales son aquellos que confieren al consumidor una determinada propiedad beneficiosa para la salud, independientemente de sus propiedades puramente nutritivas, tal y como lo define el centro International Life Sciences Institute de la Unión Europea.
Para elaborar este tipo de alimentos, existen cinco métodos principales, y a continuación se definen estos métodos con un par de ejemplos cotidianos que podemos encontrar en el supermercado:
Eliminando un componente que cause un efecto perjudicial al consumidor en general, o a un cierto grupo de consumidores. Los ejemplos elegidos son unas lonchas de jamón cocido y unas magdalenas, y ambos especifican que no contienen alergenos, ya que podrían ser perjudiciales para determinados colectivos de consumidores, como los celíacos o alérgicos a la leche, en este caso.
He escogido el jamón como ejemplo, porque me he sorprendido a mi misma al darme cuenta de todos los alimentos que han podido ser inaccesibles para muchas personas. Desde una posición “privilegiada”, sin alergias alimenticias, no me había parado a pensar que productos empaquetados cotidianos como unas lonchas de jamón podrían ser perjudiciales para personas con celiaquía y alergia a la leche.
Incrementando la concentración de un componente que ya estaba presente en el alimento convencional. En este caso, dos ejemplos serían unas salchichas con doble de leche, y, por tanto, doble de calcio, y unos yogures con el doble de fruta.
He escogido el ejemplo de las salchichas porque me sorprende la variedad de alimentos que se utilizan como fuente de calcio, especialmente los que están dirigidos a un público infantil.
Añadiendo un ingrediente al alimento, que no poseía en su formato original. Los ejemplos incluidos son el Cola Cao con fibra añadida, y unas magdalenas que tienen cacao y extracto del alga del género Chlorella. La razón de haber escogido estas magdalenas ha sido simplemente por ser la primera vez que veo un alimento cotidiano con algas añadidas, hasta ahora sólo conocía el consumo de las algas o bien frescas o bien en comprimidos concentrados.
Sustituyendo un componente con efectos perjudiciales sobre la salud (ya sea general o de algún grupo en concreto) por otro que posee efectos neutros o positivos. Dos ejemplos de alimentos funcionales en este caso serían la Nocilla sin aceite de palma, y una mermelada de melocotón con el azúcar refinado sustituido por los azúcares extraídos de la fruta.
He escogido estos dos productos porque me parece interesante la facilidad de confundir al consumidor. Los mensajes “sin azúcar” y “sin aceite de palma” llevan al consumidor a pensar que, básicamente, “se les ha quitado todo lo malo”, sin pensar en que simplemente han sido sustituidos por otros que cumplen la misma función, y quizás no son mucho más saludables.
Alterando la biodisponibilidad de alguno de los nutrientes presentes en el alimento convencional para obtener un efecto positivo sobre la salud. Los ejemplos son una leche con almendras y otra «normal» semidesnatada, y los he escogido, ambos relacionados con el colesterol, porque es la única referencia a la salud que he encontrado en los productos analizados. Ambos prometen regular y cuidar el colesterol, con omega 3, ácido fólico y vitamina B (que, por cierto, el ácido fólico es la vitamina B9, me pregunto si con ese mensaje la leche incluye todas las Bs existentes…).



























