La doctora Lázaro analiza a lo largo de su tesis doctoral algunos enfoques acerca del concepto cultura científica, dejando en evidencia la falta de unanimidad que aún existe tanto dentro de la comunidad científica como fuera de ella, en las instituciones y en la sociedad en general, acerca de lo que implica “tener” cultura científica.
El modelo tradicional y posiblemente el más criticado argumenta que la cultura científica es el conjunto de conocimientos y conceptos científicos que conoce la población general. A este enfoque también se le conoce como “modelo de déficit cognitivo”, porque asume que las controversias públicas en el campo de la ciencia y tecnología tienen origen en el desconocimiento y falta de comprensión del público general, y no en incongruencias dentro del mismo campo; de esta manera, carga la responsabilidad en el déficit cognitivo del público ajeno a la comunidad científica. Los procesos de adquisición de conocimiento, y, por tanto, de esa cultura, son lineales; el conocimiento se transmite desde los “expertos” a los “legos”, perpetuando así esa distinción histórica entre sabios e ignorantes.
Iniciativas como los estudios Ciencia Tecnología y Sociedad o CTS proponen otro modelo, más dinámico y activo, en el que los procesos de adquisición de cultura científica son bidireccionales y la dimensión social gana mayor protagonismo, contextualizando el conocimiento y fomentando la participación y la implicación del público general en la ciencia.
El siguiente podría entenderse bien como otro modelo o como una matización de este recién comentado, que es el que la doctora Lázaro señala como la cultura científica en su versión más amplia, en la que incluye a la propia comunidad científica como participante imprescindible. Desde este enfoque, es imprescindible reconstruir y renovar la relación entre ciencia y sociedad, al menos el aspecto en el que la sociedad “absorbe” o se apropia de la ciencia; la enseñanza de esta debe darse desde todos los niveles educativos e incluso fuera de ellos, y deben involucrarse tanto los agentes relacionados con el ámbito de la ciencia y la tecnología como el resto de la sociedad, desde los comunicadores a las instituciones.
Por último, y aunque sean fruto de un intento de medir el grado de cultura científica mediante encuestas, se distinguen otras dos caracterizaciones de cultura científica: una trabajada por la RICYT (Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología) y la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos), que explora únicamente su dimensión social (los procesos colectivos, comunicación y difusión social de la ciencia, participación ciudadana, etc.) y la otra, estudiada por encuestas de la FECYT (Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología), que se centra en la dimensión individual, y es, a priori, lo que se entiende por alfabetización científica.



