La belleza está en la mente del que escucha

No todo el estímulo sonoro que recibimos es procesado de la misma manera, de ahí que oigamos algunas cosas y escuchemos otras. El matiz más importante entre estas dos situaciones es la atención, consciente y voluntaria, con la que recibimos el estímulo. Oír es un proceso pasivo, mientras que la escucha es activa, requiere un esfuerzo porque no es un mero recibimiento de estímulo, existe una voluntad por procesar y darle sentido a esa fuente sonora. Nuestro cerebro es capaz de desconectar en situaciones que no nos interesan y volver a conectar cuando creemos que merece la pena escuchar. Nuestra mente también discrimina entre estímulos sonoros cotidianos y constantes; por ejemplo, yo he vivido desde pequeña cerca de las vías del tren, con una alta frecuencia de trenes, y soy inconsciente del ruido que hacen al pasar, porque mi cerebro lo obvia. Desde un punto de vista evolutivo, podría ser un mecanismo de ahorro de energía del cerebro, que ignora sonidos cotidianos e inofensivos, para optimizar el procesamiento de estímulos que realmente importan.  

Está claro que la percepción de los (mismos) estímulos no ocurre igual en todas las personas y uno de los ejemplos más evidentes de esto nos lo da la música. Todos los que recibimos la música lo hacemos de la misma manera, es decir, la canción llega igual a nuestros oídos, pero la reacción de esta en nuestro cerebro es única en cada persona. Creo que las emociones y los recuerdos juegan un papel crucial en estas diferencias; desconozco la razón exacta de mis gustos, pero sé que mucha gente estará de acuerdo en que lo que más nos gusta de algunas canciones no son el ritmo ni la melodía, sino el recuerdo que nos trae y el escenario al que nos transporta. Es interesante mencionar también que, al igual que el mismo estímulo sonoro, la misma música en este caso, crea un abanico de reacciones en las personas, hay músicas que parecen seguir la receta perfecta para hacernos sentir de cierta manera. ¿No parece que todas las canciones tristes tengan alguna esencia en común?  

La percepción de los estímulos, en general, parece estar regido por una serie de factores como la experiencia y las vivencias, el ambiente y cultura en el que hemos crecido, y la personalidad, en proporciones más grandes o pequeñas, pero igualmente significativas que nos modelan tal y como somos.  

Resolución de los casos públicos III.

Ni existe acción a distancia en el entrelazamiento cuántico ni existe en la gravedad.

El enunciado es incorrecto, porque en la gravedad existe acción a distancia. Cuando en el entrelazamiento cuántico, al medir la posición de una de las partículas entrelazadas, se pierde la coherencia y se obtiene un valor para ese parámetro, sabemos de forma inmediata la posición de la segunda partícula. Pero lo que en realidad obtenemos es una alta probabilidad de esa posición, no cambiamos ese parámetro ni conocemos el valor exacto; la posición la conocemos de inmediato, pero no se da una transmisión de información entre las partículas, por lo que no hay una acción a distancia.  

En el segundo caso, la masa de un cuerpo, de una estrella, por ejemplo, provoca una curvatura del espacio-tiempo que afecta al movimiento de otro cuerpo, aunque estén a una distancia significativa, y se da una acción a distancia “para cada instante” en el que ese primer cuerpo ejerza ese cambio (la curvatura del espacio-tiempo, en este caso).

Si los neandertales y los sapiens tuvieron descendencia eso signific que son la misma especie.

Esta premisa es incorrecta, porque da a entender que dos especies diferentes no pueden tener descendencia. Esta noción, que establece el límite entre especies en su capacidad reproductiva es una idea criticada, con muchas evidencias de excepciones en una variedad de seres vivos, incluidos los animales. La idea de especie engloba más que la capacidad reproductiva; también entran en juego otras características, como algunas morfológicas o las genéticas y es precisamente el conjunto de estas características y la manera de adaptarse al medio y sus recursos los que permiten que podamos separar visiblemente dos especies.

Los átomos, en realidad, no existen. Su existencia es sólo un modelo útil.

Yo considero que esta premisa es incorrecta, porque la existencia de los átomos y el hecho de que sean un modelo útil no son mutuamente exclusivos, y en este caso, diría que sí que existen y que, además, son un modelo útil.  

Quizás una de las razones por las que podría argumentarse que no existen es que no se ha logrado ver, con el mismo criterio y de la misma manera con la que vemos cosas macroscópicas y muchas microscópicas, la estructura exacta de los átomos, pero hay evidencia de las interacciones entre estos y de las subunidades que los conforman. Creo que su existencia está estrechamente unida a su utilidad. Aunque la representación del átomo ha ido modificándose a lo largo de la historia y se haya ido ajustando más o menos a la realidad, es evidente que existe un nivel específico de organización de la materia gracias a la cual cobran sentido y se explican una infinidad de leyes y teorías físicas y químicas, como la ley de la conservación de la masa la ley de las proporciones constantes, y el movimiento browniano, por ejemplo.

El falsacionismo de Popper

Una de las ideas más llamativas de las clases de esta última semana ha sido el falsacionismo de Popper; un método de razonamiento deductivo que sirve para demarcar o para separar lo que debe considerarse ciencia y lo que no. A partir de un conocimiento previo se sugieren teorías o conjeturas, y mediante observaciones contrastables la comunidad científica trata de refutarlas o validarlas, pero nunca confirmarlas del todo, pues siempre puede existir un contraejemplo que obligue a rechazar dicha teoría. Es precisamente en esta refutabilidad donde reside la esencia científica de las teorías. 

Coincido con Popper en que es importante que una teoría pueda ser refutada, pero ¿es realmente justo el peso que pueda tener un contraejemplo frente a las (quién sabe cuántas) confirmaciones positivas de la teoría en concreto?  Si toda la teoría se rechaza con un contraejemplo, parece que la cantidad de evidencia a favor pierde importancia, lo que me lleva a reflexionar sobre lo significativas que pueden ser esas contrastaciones, porque en muchas disciplinas científicas el grado de relevancia de las evidencias está estrechamente unido a la cantidad de estas.  

Me cuesta imaginar que sea una afirmación aplicable a todos los casos, y tampoco sé si podría ser un método válido en todas las disciplinas científicas. Creo que podría haber teorías como las que hacen referencia a procesos ocurridos hace millones de años (como la existencia de Pangea y su separación) que quizás son más difíciles de refutar mediante este método, y sin embargo cobran más sentido al ser explorados mediante, por ejemplo, inferencia a la mejor explicación.  

Resolución de los casos públicos II.

Todas las reacciones químicas que aumentan la entropía son espontáneas.

Esta premisa es verdadera. Las reacciones espontáneas son aquellas con tendencia a ocurrir naturalmente, sin la necesidad de una intervención energética externa. Relacionado con este concepto podemos encontrar la naturaleza reversible o irreversible de las reacciones. Un proceso irreversible es aquel que, siempre y cuando no se influya en este de manera externa, ocurre únicamente en una sola dirección; la espontaneidad de una reacción tiene una irreversibilidad innata, pues una vez se interviene energéticamente en esta, pierde su naturaleza espontánea e irreversible.  

La entropía del universo, según indica el segundo principio de la termodinámica, tiende a incrementarse, y es imposible que esta entropía (o la de cualquier sistema aislado) disminuya; el único escenario en el que se evita el incremento y se mantiene la entropía constante es en reacciones reversibles, que, como hemos visto, por definición, implican una intervención externa y no pueden considerarse espontáneas. Por lo tanto, como la única excepción al no-aumento de la entropía del universo son las reacciones reversibles, podemos afirmar que todas las reacciones químicas que aumentan la entropía son irreversibles, y, por ende, espontáneas.  

Si no hay actividad volcánica en Marte eso significa que no hay terremotos y viceversa.

Esta afirmación no es correcta. La actividad volcánica y los terremotos son consecuencia de las corrientes de convección en el manto y del movimiento de las placas tectónicas, pero normalmente, se dan mediante procesos diferentes. Aunque en alguna ocasión se hayan registrado erupciones volcánicas después de terremotos, no hay evidencia suficiente para afirmar que un fenómeno sea consecuencia del otro, ni viceversa.  

Marte no tiene la misma geodinámica que el planeta Tierra, pero sí que se han detectado terremotos, llamados “martemotos”, con magnitudes menores que los de nuestro planeta. Los científicos creen que esta actividad sísmica no se da de la misma manera que en la Tierra, y lo asocian con movimientos de contracción de la capa más superficial del planeta, consecuencia del enfriamiento del núcleo de Marte.  También hay evidencia de actividad volcánica, pero, aun así, no es suficiente para afirmar que son fenómenos mutuamente consecuentes.  

El consumo de suplementos de colágeno es bueno para las articulaciones

Esta afirmación es incorrecta. El uso de una palabra tan subjetiva como “bueno” en un contexto tan inespecífico como este es la razón que me lleva a negar la premisa. Si la afirmación señalara que el consumo es “malo”, supondríamos que provoca algún tipo de deterioro, que empeora la salud, así que se entiende que el uso de su antónimo, “bueno”, implica que hay una visible mejoría entre el consumo de los suplementos y el no-consumo de estos. Se trata de un adjetivo subjetivo que no permite delimitar lo que se considera “bueno” como tal y falla a la hora de especificar factores a tener en cuenta, como, por ejemplo: demografía, condición de salud previa al consumo, objetivo del consumo, frecuencia y cantidad de este, etc.  

La mejor interpretación de los hechos en la ciencia

Detenerse a examinar el proceso de razonamiento que se lleva a cabo tanto de manera natural en el día a día, como a lo largo del proceso científico es un ejercicio de los muchos que practica la filosofía, y lo cierto es que, hasta ahora, no había reparado en la relación que existe (y ha existido desde siempre) entre esta y la ciencia. Muchos filósofos relacionan las ideas de razonamiento inductivo y la inferencia a partir de la mejor explicación (IME en adelante), que, como el nombre indica, se refiere a la obtención de una conclusión mediante la mejor interpretación de los datos existentes.  

Es curioso darse cuenta de que ideas y conocimientos aceptados y básicos (para la gran mayoría), como la teoría de la evolución de las especies por selección natural, o el Big Bang como origen del Universo, sean simplemente la mejor explicación a partir de las evidencias existentes. Y digo simplemente no con ánimo de menospreciar el trabajo de las personas (las olvidadas también) implicadas en su resolución, sino en un intento de expresar la aparente inestabilidad y, de algún modo (positivo), fragilidad de la ciencia. Sé que el hecho de que me sorprenda tiene origen en la idea preconcebida de lo que, desgraciadamente, muchas personas hemos aprendido de la ciencia: sólida, la única manera viable, digna de una confianza ciega, verdadera. Pero creo que es vital valorar esa inestabilidad que tiene la ciencia y entenderla, en parte, como un ejercicio de mejora de interpretación de la evidencia existente.  

Después de esta pequeña reflexión, el concepto de la verdad en la ciencia se me antoja mucho más complejo y difícil de definir de lo que creía…  

Resolución de los casos públicos I.

«La Tierra es el centro del Universo y el modelo de Ptolomeo en cuanto describe cómo la orbita el Sol, la Luna y los planetas, es perfectamente válido.»

Por una parte, desde la explosión del Big Bang el universo ha ido expandiéndose y sigue haciéndolo hoy en día, por lo que no resulta factible definir el centro de un elemento infinito. Creo que es más precavido decir que, como es infinito, no tiene centro a decir que, precisamente por su naturaleza infinita, cualquier punto podría ser el centro.  

Por otra parte, la segunda parte de la premisa hace referencia al modelo publicado por Ptolomeo, en concreto, a la parte en la que describe cómo el Sol, la Luna y los planetas orbitan la Tierra. Ptolomeo no estaba en lo cierto al afirmar que esos elementos orbitaban la Tierra, pero es necesario examinarlo en su contexto de publicación. Consiguió responder, mediante la idea de los epiciclos, a la incógnita del aparente cambio de claridad de los planetas observables, consecuencia de la diferencia en la distancia entre la Tierra y los demás astros y planetas al orbitarla. Fue un modelo útil que se mantuvo durante varios siglos, por lo que sí que podríamos decir que fue válido. Es el matiz “perfectamente” el que da vértigo a la hora de afirmar o rechazar con rotundidad la premisa inicial.

«No es razonable que exista vida basada en silicio.»

Asumiendo que la premisa hace referencia a la vida en el planeta Tierra, y que “vida” es lo que hoy en día conocemos como tal, argumentaría que no es razonable. Nuestro conocimiento de vida está basado en el carbono, y sus propiedades químicas lo convierten en un elemento muy versátil capaz de formar moléculas como los hidratos de carbono, los aminoácidos, los nucleótidos, e incluso gases como el carbono dióxido, indispensables para que exista la vida. Aunque el silicio sea un elemento abundante en nuestro planeta y tenga algunas propiedades parecidas al carbono (razón por la que se encuentran muy cerca en la tabla periódica), tiene características que impedirían imaginar esa vida sustituyendo el carbono por este otro elemento.  

Ahora bien, en caso de no asumir que la premisa inicial hace referencia a la vida en la Tierra, no me precipitaría a decir que no es razonable. La inmensidad del universo es tal que resulta imposible rechazar rotundamente que, en algún sitio, con condiciones ambientales extremadamente diferentes a las de la Tierra (como la presión o la temperatura) el silicio pueda ser la base de la vida, una muy diferente a la que conocemos en nuestro planeta.

«La teoría de la evolución de Darwin no es una teoría completa desde el punto de vista científico.»

Tras sopesarlo, llego a la conclusión de que no estoy de acuerdo con la premisa, y sí que consideraría la teoría de la evolución de Darwin una teoría completa. Para mí, uno de los matices más importantes de la premisa es “la teoría de la evolución de Darwin”, es decir, la que él publicó en su momento (fruto de tanto sus propias observaciones como del trabajo de otras personas como Alfred Russel Wallace, entre otros). Es importante distinguir entre lo que hoy conocemos como la teoría de la evolución, y la que él mismo publicó en su momento, que se hizo en un marco específico, con un conocimiento y unas circunstancias determinadas de la época. Logró dar respuesta a cuestiones pertinentes acerca de la evolución de las especies mediante la selección natural, y aunque razonara algunas cosas de manera que hoy sabemos son incorrectas, resultó útil en su momento. 

Creo que el concepto “completo” está más relacionado con la practicidad de la teoría que con una naturaleza dogmática y definitiva, porque, precisamente al ser el cambio y el sometimiento constante a la corrección uno de los rasgos característicos de la ciencia, ninguna teoría puede considerarse “definitiva”. 

La administración de Trump y el negacionismo científico

La noticia escogida es la siguiente, titulada “Herding people to slaughter: The dangerous fringe theory behind the Great Barrington Declaration and push toward herd immunity”, escrito por el periodista y colaborador de la UCS (Union of Concerned Scientists) Derrick Z. Jackson. Junto al acertado juego de palabras del título, se menciona el informe llamado “Great Barrington Declaration” que no conocía, y es lo que principalmente me ha llamado la atención. 

El artículo se centra en el controvertido concepto de inmunidad de grupo, fenómeno que ha sido malinterpretado y distorsionado por algunas personas para defender el “derecho” a no llevar mascarilla ni respetar las indicaciones sanitarias para evitar la transmisión del virus SARS- CoV-2, causante del COVID-19. Durante el mes de octubre tres científicos (con opiniones “alternativas” a la ciencia y asociados a una empresa negacionista del cambio climático) publicaron en EEUU un informe llamado The Great Barrington Declaration, un informe que, sin ningún tipo de evidencias, aseguraba que la cuarentena no es un método adecuado para hacer frente a la pandemia y que esta medida causaría estragos devastadores a corto y largo plazo en el sector de la salud pública. Según el escrito, todo aquel que no esté incluido en un grupo de riesgo, debería funcionar con normalidad, retomar toda actividad laboral, deportiva y cultural, sin restricciones de movilidad y sin necesidad de mascarilla. De esta manera, se lograría la esperada inmunidad de grupo y podría eliminarse así la pandemia.  

Miles de personas, tanto de la comunidad científica como de fuera de ella, y varias organizaciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierten de lo absurdas y peligrosas que resultan estas declaraciones, dejando claro que la inmunidad de grupo no es tan sencilla, que, desde luego, esa no es la manera de conseguirla, y que lo más parecido a una inmunidad de grupo se lograría mediante la vacunación.  

A pesar de las muy equivocadas decisiones tomadas por la administración de Trump en el protocolo de la pandemia (es el país con más muertos por COVID-19 en el mundo), como la expulsión de profesionales epidemiólogos del cuerpo de científicos encargados de la gestión de la pandemia y su sustitución por personas absolutamente inexpertas en ese ámbito, las medidas propuestas por la Great Barrington Declaration no han sido llevadas a cabo.  

Noticias como esta resultan totalmente desoladoras, y sin duda ponen en evidencia todo el trabajo que queda por hacer para que la ciencia tenga la importancia y consideración que se merece. La administración de Donald Trump es quizás la representación más exagerada y a la vez absurda del negacionismo en la ciencia, pero al mismo tiempo, resulta aterrador que el presidente de una potencia mundial, con un poder inimaginable, pueda mostrar tan impunemente una actitud así.

El artículo también mencionaba información que yo desconocía, como el impacto que tiene el racismo estructural en las consecuencias de la pandemia. Según estudios mencionados en la noticia, las personas racializadas, en mayor proporción que las blancas, viven en barrios más marginales, con menos recursos para hacer frente a (por ejemplo) desastres naturales, optan a trabajos más precarios con menor cobertura de seguro médico (porque en EEUU la sanidad es privada), etc. en definitiva, convirtiéndolas en más vulnerables al virus. Aprobar un protocolo como el del informe, además de las devastadoras consecuencias evidentes, tiene una clara consecuencia racista que, desgraciadamente, a muchos se nos escapa de vista. Este es un ejemplo más de lo importante que es no sólo que la ciencia esté presente en la toma de decisiones políticas, sino que esté conectada y trabaje en conjunto con diferentes ámbitos sociales para funcionar como una sociedad más equitativa.  

La emergencia de la tercera cultura

El enfrentamiento entre “las dos culturas”, entendidas como “humanidades” y “ciencias”, es un conflicto reconocido por ambos autores en sus respectivos artículos. El desfase temporal entre los dos es evidente porque Snow, en su publicación de 1964, sin hacer oficial la inauguración de la tercera cultura ya que considera que todavía es pronto, describe la formación de un movimiento de “nuevos intelectuales”, y Brockman, tres décadas más tarde, se refiere a esta tercera cultura como algo contemporáneo de sí mismo, algo del presente.  

Aun así, la idea que tienen los autores sobre la tercera cultura tiene varios puntos en común. Los dos parten de su experiencia y visión en distintos países, Inglaterra en el caso de Snow y Estados Unidos en el caso de Brockman, y reconocen que siempre ha existido un sentimiento elitista entre los “intelectuales tradicionales” o “los de letras” hacia los científicos, algo que hacía más profunda la división entre las dos culturas. Los pensadores de la tercera cultura provienen de distintas ramas del conocimiento, y, a pesar de no estar de acuerdo en todo y tener diferentes maneras de abordar las cosas, tienen intereses e inquietudes en común: reflexionan acerca de la experiencia humana en su contexto, del efecto que la evolución, entendida como el desarrollo de la complejidad a lo largo de la historia, ha tenido y tiene en los seres humanos y viceversa. Para ello, ambos consideran que la ciencia, en concreto, la práctica y la comprensión de la ciencia, deben estar engranadas en la sociedad; tanto, que Snow cree firmemente en que esta nueva cultura “no tiene más remedio […] que entenderse en su propio lenguaje con la cultura científica”.  

Una de las características fundamentales que tanto Snow como Brockman señalan, es la importancia de la comunicación. Señalan a la “cultura de letras” como principales responsables de la poca comunicación que ha habido siempre con los científicos, y creen que es peligroso para la sociedad que ni siquiera haya voluntad de comunicarse.  

Además de los puntos en común, la noción de tercera cultura tiene matices propios para los dos autores. No sé si se debe a una interpretación personal de los textos, pero me ha dado la sensación de que los dos autores visualizan la “puesta en marcha” o el “plan de acción” de la tercera cultura de distinta manera; el enfoque de Snow parece que dirige los esfuerzos de este movimiento hacia la educación (como sinónimo de enseñanza escolar) y la de Brockman hacia la divulgación.  

Este último, por ejemplo, da a entender que existe una especie de feedback entre el público general y los científicos de la tercera cultura; el público general tiene inquietudes acerca de temas interesantes e importantes (que quizás no siempre se han considerado así) y está dispuesto a hacer un esfuerzo por informarse, y simultáneamente, los científicos de la tercera cultura (que tienen talento para escribir) sienten la necesidad de compartir reflexiones personales de manera accesible para el público interesado. Snow en cambio, cree que el cambio que supondrá la tercera cultura debe ir dirigido a la enseñanza, porque sólo así se podrán entender y plantear los problemas a los que se enfrenta la sociedad en conjunto. 

Visita virtual al Laboratorium

¿Quién dice que en época de pandemia no pueden visitarse museos? Una opción, quizás la más precavida, es hacerlo de manera virtual, y esta vez he aprovechado la ocasión de la tarea semanal para visitar el museo de la ciencia de Bergara, conocido como Laboratorium, situado en la antigua Sociedad de Amigos del País. El museo se encuentra en estrecha relación con el Real Seminario de Bergara, que constituyó una de las instituciones científicas más importantes de Euskal Herria desde finales del siglo XVI, que fue cuando se fundó, inicialmente como centro educativo.  

El museo aprovecha de manera estratégica y exitosa la historia y evolución del Real Seminario para organizar la exposición permanente del museo y acercar al público a la ciencia. Fruto de extenso trabajo de investigación e innovación de científicos, tanto españoles como de otras partes del mundo, en este centro han destacado a lo largo de la historia importantes eventos como el descubrimiento del elemento Wolframio, el desarrollo de una técnica para hacer maleable el Platino, el asentamiento de la primera Escuela Industrial de formación de ingenieros de Euskal Herria y la formación de las primeras colecciones de Ciencias Naturales (botánica, zoología y mineralogía) con fines científicos, entre otras. Partiendo de la historia del Real Seminario de Bergara y haciendo uso de la impresionante cantidad de datos, instrumentos científicos y piezas únicas acumuladas con el tiempo, el museo transmite una enorme variedad de conocimientos científicos de distintos ámbitos como la química, la física, la geología, la zoología y la anatomía humana, entre otras.  

El hecho de utilizar la evolución del Real Seminario como hilo conductor del museo favorece la contextualización de la exposición. Por ejemplo, gracias a los instrumentos de química expuestos, y gracias a la historia de los hermanos Elhuyar y su labor, junto con otros, en el descubrimiento del Wolframio, el museo integra (o más bien integró en 2019, que se nombró el Año Internacional de la Tabla Periódica) la historia de la tabla periódica y su funcionalidad.

Otro ejemplo es el de los instrumentos científicos utilizados en laboratorios de física y de química y que albergaba la institución a lo largo de los siglos XVII-XIX. El desarrollo y evolución de ese material técnico, además de reflejar el desarrollo industrial y tecnológico de la época, se utiliza para exponer el tipo de trabajo que hacían los químicos y los físicos en aquellos siglos. De la misma manera, partiendo del hecho de que en la institución se formaron colecciones importantes de Ciencias Naturales, de geología en este caso, el museo cuenta con una colección de mineralogía y de fósiles, con casi 370 fósiles y más de 1100 minerales.  

¿Ciencia vs. Religión?

Ciencia Y religión. ¿O Ciencia vs. Religión? Somos muchos los que seguramente nos extrañamos al oír ciencia y religión en la misma frase. La noción de que estos son dos mundos antagónicos es algo extendido, pero pocas veces nos hemos parado a escuchar lo que nos dice la historia de la ciencia acerca de este (supuesto) conflicto universal. Con intención de conocer y analizar la narrativa general acerca de este enfrentamiento, el ejercicio de esta semana ha sido el de indagar en fuentes, tanto cercanas y personales como fuentes periodísticas y blogs, la idea que se tiene al respecto y los episodios históricos (veraces o no) que vienen a la mente al mencionar el conflicto. 

Prácticamente por unanimidad, todas las fuentes consultadas, tanto personas como blogs y artículos de prensa, reconocen un conflicto entre la ciencia y la religión. La dimensión de esa “universalidad” no ha sido la misma en todos los casos; algunos señalan que ha existido desde siempre, y otros datan su comienzo a la revolución de la ciencia moderna a finales del siglo XVII, e incluso a la época de la Inquisición. La mayoría de las opiniones también reconocen que el conflicto sigue existiendo en la actualidad, dejando clara la incompatibilidad de las dos disciplinas, mientras que otras, curiosamente las más devotas en el espectro de la religiosidad cristiana, señalan que son perfectamente compatibles, e incluso, complementarias.  

Los episodios históricos más repetidos han sido los de Galileo con la teoría heliocéntrica y Charles Darwin con la teoría de la evolución y la contraposición a la Creación. La idea general detrás de estos episodios ha sido similar, subrayada por las fuentes personales cercanas, algo en estas líneas: “La religión no aceptó en su día ciertos descubrimientos e innovaciones científicas porque ponían en tela de juicio sus ideas dogmáticas, por eso se originó el conflicto y por eso también se sigue manteniendo”. Existe la extendida noción, en la mayoría de las fuentes, de que la ciencia implica la búsqueda del conocimiento mediante métodos tangibles, demostrables, y que van evolucionando y adaptándose a la realidad del momento, mientras que la religión se asocia con lo opuesto, con creencias, con conocimientos no demostrables y con certezas absolutas que se mantienen en el tiempo.  

Al analizar la visión de las fuentes consultadas, creo que hay una tendencia a mezclar los términos “religión” e “Iglesia”, como institución. Esta es una reflexión algo limitada, por venir de alguien que no ha considerado hasta ahora la posibilidad de que exista algún Dios, y desde luego resultaría muy enriquecedor compartirla con personas con un punto de vista diferente. Dentro de mi conocimiento limitado, creo que la religión tal y como se conoce unida a dioses o a “fuerzas mayores” es algo muy amplio y diverso en cuanto a las maneras que existen de practicarlo y expresarlo, y prueba de ello es la diversidad de culturas y religiones que existen en el mundo. La gran mayoría (si no todas) de las opiniones recogidas para el artículo están fundamentadas teniendo en cuenta los hechos de una región específica (Europa), con una realidad social particular, y la religión hace referencia al poder de una institución en particular, la Iglesia Católica. Pienso que, en este análisis, la institución de la Iglesia se camufla detrás del término religión y que puede distorsionar el debate acerca del conflicto de Ciencia vs. Religión.  

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