No todo el estímulo sonoro que recibimos es procesado de la misma manera, de ahí que oigamos algunas cosas y escuchemos otras. El matiz más importante entre estas dos situaciones es la atención, consciente y voluntaria, con la que recibimos el estímulo. Oír es un proceso pasivo, mientras que la escucha es activa, requiere un esfuerzo porque no es un mero recibimiento de estímulo, existe una voluntad por procesar y darle sentido a esa fuente sonora. Nuestro cerebro es capaz de desconectar en situaciones que no nos interesan y volver a conectar cuando creemos que merece la pena escuchar. Nuestra mente también discrimina entre estímulos sonoros cotidianos y constantes; por ejemplo, yo he vivido desde pequeña cerca de las vías del tren, con una alta frecuencia de trenes, y soy inconsciente del ruido que hacen al pasar, porque mi cerebro lo obvia. Desde un punto de vista evolutivo, podría ser un mecanismo de ahorro de energía del cerebro, que ignora sonidos cotidianos e inofensivos, para optimizar el procesamiento de estímulos que realmente importan.
Está claro que la percepción de los (mismos) estímulos no ocurre igual en todas las personas y uno de los ejemplos más evidentes de esto nos lo da la música. Todos los que recibimos la música lo hacemos de la misma manera, es decir, la canción llega igual a nuestros oídos, pero la reacción de esta en nuestro cerebro es única en cada persona. Creo que las emociones y los recuerdos juegan un papel crucial en estas diferencias; desconozco la razón exacta de mis gustos, pero sé que mucha gente estará de acuerdo en que lo que más nos gusta de algunas canciones no son el ritmo ni la melodía, sino el recuerdo que nos trae y el escenario al que nos transporta. Es interesante mencionar también que, al igual que el mismo estímulo sonoro, la misma música en este caso, crea un abanico de reacciones en las personas, hay músicas que parecen seguir la receta perfecta para hacernos sentir de cierta manera. ¿No parece que todas las canciones tristes tengan alguna esencia en común?
La percepción de los estímulos, en general, parece estar regido por una serie de factores como la experiencia y las vivencias, el ambiente y cultura en el que hemos crecido, y la personalidad, en proporciones más grandes o pequeñas, pero igualmente significativas que nos modelan tal y como somos.