«Dios no juega a los dados»

He escogido esta viñeta en honor al que, con total seguridad, es el científico más caricaturizado y famoso de todos, Albert Einstein. Se trata de una pieza de la artista y dibujante estadounidense Signe Wilkinson publicada en 2007, que utiliza un juego de palabras en inglés con el término “footnotes”, que literalmente significa nota del pie (aunque haga referencia a las notas al pie de página), y justamente en la suela del zapato del científico aparece la aclaración de lo que dice en el globo. Traducido al castellano, Einstein dice que “La información no es sabiduría”, y la nota al pie de página de la que nos advierte Wilkinson en la parte superior, nos aclara que “yo (Einstein) nunca he dicho eso”.  

Viñeta de Signe Wilkinson publicada en 2007

Siempre me ha resultado curiosa la cantidad de frases que se atribuyen a personajes famosos, científicos o no, hasta el punto de reducir el trabajo de la persona a esas frases, conociéndolas más que los logros en cuestión. En muchas ocasiones las frases son tan sacadas de contexto por los medios de comunicación que incitan a entender lo absolutamente contrario a su intención principal; desde luego, da que pensar sobre la verdad que realmente hay en esas frases. Uno de los ejemplos más conocidos de este movimiento está relacionado con el protagonista de la viñeta. “Dios no juega a los dados” es una de las muchas frases controvertidas de Einstein, que fue apropiada por muchos colectivos religiosos con intención de justificar la existencia de un Dios y tergiversar la frase, totalmente fuera de contexto, para complacer sus convicciones teístas.  

Para poder entender a qué se refería el físico con la frase mencionada conviene explorar su concepción de Dios y de religión. Einstein no contemplaba la idea de un Dios personal, aquel creado a imagen y semejanza del ser humano, y admiraba la concepción panteísta que tenía el filósofo Spinoza. El biólogo Richard Dawkins explica en “El espejismo de Dios” que los panteístas utilizan la palabra Dios como una especie de sinónimo del Universo y de las leyes que rigen el modo, no sobrenatural, en el que funcionan este y la naturaleza. De esta manera, Einstein defendía lo que él mismo acuñó como “sentimiento religioso cósmico”. En contra de la conexión habitual que se hace de lo sobrenatural y lo religioso, el físico alemán describía la religión como un sentimiento de asombro y admiración profundo hacia el modo de funcionar del universo; sentía que los humanos no podríamos aspirar a un conocimiento total del funcionamiento de la naturaleza, porque siempre habría algo que no conseguiríamos entender, y era precisamente el respeto y admiración por ese misterio lo que él consideraba religión. En estos términos, él se consideraba religioso.

Es innegable que el protagonista de la viñeta es una de las figuras más conocidas y apreciadas de nuestra época. Entre sus contribuciones más importantes se encuentran la teoría de la relatividad general, que cambió por completo la manera que se tenía de entender el universo, al explicar que la atracción gravitatoria entre cuerpos celestes se debía a la curvatura del espacio-tiempo, y también sus contribuciones a la física cuántica; contrario a lo que muchas personas piensan, Einstein ganó el premio Nobel a la Física en 1922 por sus investigaciones en la segunda área, ya que sus trabajos ayudaron a construir lo que hoy en día conocemos como “dualidad onda-partícula”, la noción de que la radiación puede presentar simultáneamente propiedades estructurales supuestamente excluyentes, que son la ondulatoria y la cuántica. No cabe duda de que, si su legado es comparable a la relevancia de sus aportaciones, el nombre de Albert Einstein jamás desaparecerá de los libros.  

Fuentes:

Atención, pregunta: ¿Dijo Einstein alguna vez que «Dios no juega a los dados»?

Einstein y… la religión

Dawkins, R. (2006). El espejismo de Dios, ESPASA.

Rioja, A. Filosofía, politica y religión en Albert Einstein.

¿Se podría considerar a Goethe como científico?

Retrato de Johann Wolfgang von Goethe.

Johann Wolfgang von Goethe experimentó en muchas áreas, pero principalmente se le conoció como poeta y novelista. Su faceta científica ha sido la más controvertida de todas, y aunque no parece que haya un consenso acerca de su status de científico, es innegable que estuvo involucrado en el proceso científico específicamente alemán, pero también europeo, que se dio a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Responder a la pregunta de si podemos considerar a Goethe como científico nos obliga, en mi opinión, a hacer un esfuerzo consciente por examinar el contexto en el que existió y no dejarse llevar demasiado por juicios basados en lo que sabemos hoy en día, por eso yo creo que podría considerarse científico.  

La noción de ciencia de Goethe no se alineaba con la ciencia moderna, analítica y matemática, presente en esa misma época en gran parte de Europa; él defendía una ciencia que no se centrara tanto en lo particular, y que estableciese una concepción general y holística de la naturaleza. Una de las razones para pensar que sí que fue un científico fue la dedicación que tuvo por establecer una metodología adecuada en la ciencia, que era precisamente el origen de la famosa controversia que tuvo con Newton. Según Goethe, la ciencia se desarrollaba de tal manera: primero los investigadores hacen observaciones exactas, después se ordenan y organizan las observaciones explorando las conexiones existentes entre ellas y, por último, partiendo de las anteriores premisas y haciendo uso de ingenio e imaginación, se trata de establecer conexiones con fenómenos más remotos. Criticaba la falta de rigurosidad en las explicaciones de los experimentos de óptica que había hecho el físico inglés y señalaba que no se habían explorado suficientes variables en los experimentos como para confirmar su teoría.  

Otro de los fuertes de Goethe fue, en mi opinión, la importancia que le dio a la interdisciplinariedad en la ciencia. Veía la necesidad de integrar el punto de vista y las aportaciones de diferentes ramas científicas para poder dar explicación a diversos procesos y fenómenos de la naturaleza y los seres vivos. Si bien es cierto que la intención tras esta idea era, como señala Saucedo, lograr “una comprensión más profunda de la realidad sensible e invisible”, la noción de integrar más de una disciplina científica para lograr un conocimiento más completo me parece admirable.  

En general creo que Goethe hizo críticas válidas y tuvo ideas interesantes, pero no tuvo una visión de aplicación muy acertada. También creo que se encontraba algo desfasado respecto a la corriente “principal” científica que reinaba en el resto de Europa y que llegó a la cuenta de muchas de esas nociones más tarde, y esto no jugó a su favor a la hora de desarrollar su concepción sobre la ciencia.  

Fuentes:

https://culturacientifica.com/2015/07/24/goethe-pensar-la-ciencia-con-el-espiritu-del-arte/
Saucedo, F. 2012. Convergencias y Divergencias: La recepción moderna de la obra científica de Goethe. EN-CLAVES del pensamiento, VI (11), pp. 11-25.
Sepper, D. 2002. Las controversias de Goethe y la formación del catacter científico.


Las estrellas olvidadas de Harvard

Las imágenes nos muestran un grupo de mujeres, posiblemente el mismo en las dos fotografías, a las puertas de un edificio y en una sala. La intencionalidad de plasmar al grupo posando hace pensar que podría ser un equipo de personas que se conocen entre sí, que pertenecen a alguna institución o grupo, algo que merece la pena inmortalizar. El grupo aparece trabajando, y se aprecian diferentes tareas; algunas de ellas aparecen anotando información, otras parece que leen, y se distinguen al menos tres instrumentos en uso.  

Hoy en día sabemos que estas mujeres formaban un equipo de investigación en el Observatorio Astronómico de Harvard, dirigido por Edward Pickering, que es el único hombre que aparece en la primera imagen. El objetivo de Pickering y la razón de ensamblar este grupo de investigación era clasificar una enorme cantidad de estrellas y demás objetos estelares en función de los espectros registrados en placas fotográficas. La imagen corresponde a las últimas décadas del siglo XIX, y teniendo en cuenta las dificultades que tenían las mujeres para poder acceder a una educación profesional en la ciencia y una vez dentro, poder recibir un trato digno y justo, la imagen de un grupo de mujeres trabajando en el ámbito científico resulta, en parte, gratificante. Un vistazo no muy exhaustivo de las imágenes nos revela que todas las integrantes del equipo de investigación son mujeres blancas. No debemos olvidar que el status social no era el mismo para todas las mujeres porque el género interactúa (hoy en día también) con otros rasgos de identidad, como la raza, para crear, desgraciadamente, una opresión acumulativa; si ser mujer en la ciencia y recibir un trato justo era complicado, lo era mucho más para para las mujeres racializadas, en una época en la que, aunque la esclavitud estuviera oficialmente abolida, la realidad no era tan idílica.

El equipo de investigación tenía un trabajo muy mecánico que consistía en recopilar la mayor cantidad de información posible acerca de los espectros de las estrellas, y esto, sumado al hecho de que el salario de las mujeres era considerablemente menor que el de los hombres, hacía que un grupo de esta índole fuera no sólo eficiente, sino económicamente rentable para Pickering. Aun así, supuso una oportunidad educativa para aproximadamente 80 mujeres bajo el mandato del director y lo que en un principio era una labor de registro de datos, se convirtió en uno de los focos de trabajo más importante de la astrofísica de la época.

Entre los nombres más destacados del grupo se encuentran Williamina Fleming, Annie Cannon, Antonia Maury y Henrietta Leavitt, y algunos de sus logros más significativos fueron, además de recopilar información valiosísima de las observaciones: establecer una relación entre la frecuencia de pulsación de algunas estrellas y su brillo, que fue determinante para poder medir distancias en el Universo (hoy en día conocida como Ley de Leavitt), determinar la composición de Helio e Hidrógeno de las estrellas, crear un sistema de clasificación de estrellas que la Unión Astronómica Internacional, en 1922, convirtió en oficial, etc.  

Fuentes:

https://www.bbc.com/mundo/noticias-47504183
https://www.smithsonianmag.com/history/the-women-who-mapped-the-universe-and-still-couldnt-get-any-respect-9287444/
https://mujeresconciencia.com/2020/01/16/annie-jump-cannon-los-ojos-que-nunca-se-cansaron-de-mirar-al-cielo/

Dependencias entre la ciencia y la tecnología

Ciencia y tecnología. A menudo se utiliza este concepto haciendo referencia a un solo cuerpo, y en esos casos se suele asociar la primera mitad (la ciencia) con el aspecto teórico y con la base, y la otra mitad con lo práctico, con la puesta en acción de la previa base teórica. En mi opinión, esto sólo tiene una parte de verdad. La ciencia y la tecnología son dos áreas diferentes, con distintos objetivos y métodos, pero forman un círculo de retroalimentación positiva y ambas progresan, aunque no exclusivamente, gracias a la otra. 

Como he mencionado, la narrativa de la ciencia como base teórica y la tecnología como la puesta en práctica de ese conocimiento puede resultar engañosa. En mi opinión, no podemos entender la actividad de la ciencia y la tecnología como una especie de entidad dividida en dos partes iguales; la ciencia no es una actividad que avance de manera lineal diseñando algo hasta un punto estanco en el que necesite a la tecnología para inmortalizar eso que diseñaba y poder seguir progresando, y de la misma manera, la tecnología no espera a que la ciencia le dé algo que poner en práctica. La ciencia y la tecnología actúan conjuntas, y así lo han hecho (aunque no siempre igual) a lo largo de la historia.  

El conocimiento científico generado por las diversas disciplinas sirve como detonante para el desarrollo de las tecnologías; la ciencia no siempre avanza deliberadamente pensando en el desarrollo tecnológico, pero, en ocasiones, el conocimiento generado provoca nichos a explotar por la tecnología, incluso de manera inesperada. Lo mismo ocurre al revés, el desarrollo de estas tecnologías provoca nuevas incógnitas y oportunidades para seguir generando conocimiento que pueden perfectamente desembocar en la creación de nuevas ramas científicas. Ambas son disciplinas absolutamente conectadas al medio sociocultural en el que existen, y las relaciones que se crean con la sociedad tienen una importancia vital en la manera y la extensión en la que se desarrollan. La Europa del siglo XIX es un perfecto ejemplo de esto, donde los avances científicos y tecnológicos se fusionaron de una manera sin precedentes, desembocando en lo que hoy en día conocemos como segunda revolución industrial, que transformó por completo prácticamente todos los aspectos de la sociedad, como el transporte, la economía, las comunicaciones, las guerras, la salud, etc.  

El telégrafo fue una de las tecnologías más revolucionarias de la Europa del siglo XIX.

A pesar de la unión entre la ciencia y la tecnología, creo que sería una generalización errónea decir que todas las disciplinas científicas y las tecnologías se relacionan de la misma manera, y que lo han hecho en los mismos términos durante la historia. Hay tecnologías que muestran menos dependencia hacia la continua generación del conocimiento, y también hay ramas de la ciencia en las que el progreso se da sin una necesidad de aplicación directa mediante la tecnología.  

La neutralidad en la práctica científica

La noción de la neutralidad en el ámbito científico defiende que la ciencia está (o debería estar) exenta de subjetividad y valores, y aboga por la separación de la ciencia de la política, convirtiendo a esta última la única responsable de las tomas de decisiones que (supuestamente) se hacen a partir de una práctica científica objetiva. Esta opción parece atractiva, sobre todo al recordar algunos episodios a lo largo de la historia que se han considerado como episodios “oscuros” de la ciencia, como el diseño de la bomba atómica. Por mucho que, en última instancia, la toma de decisión acerca del uso que se hace de algún desarrollo científico sea determinante (es decir, que el uso que se hace de dichos algunos artefactos es lo que debería tener la connotación negativa), creo que no puede pensarse en la ciencia como algo neutro y objetivo. La ciencia es una actividad social, influenciada tanto por factores externos, por ejemplo, el contexto sociocultural, como internos; la ciencia es una actividad humana por encima de todo, y las personas no son entidades objetivas, tienen valores y sesgos que inevitablemente influyen en la misma disciplina.  

Esta subjetividad no debe enfocarse como algo necesariamente malo, y desde luego no se debe imaginar a cada persona que trabaja en la ciencia plasmando todo su abanico de sesgos y valores en la práctica. La ciencia ha ido transformándose a lo largo de la historia gracias a la toma de decisiones y criterios basadas en valores de quienes las han practicado y del contexto en el que estaban insertados. Aun así, resultaría interesante poder definir mejor los valores no epistémicos, los que no están relacionados con el conocimiento científico sino con la ética o política, para, así, poder cuantificar su verdadera influencia en la actividad científica.  

La influencia del estribo en el desarrollo del feudalismo

O cómo un avance tecnológico en el contexto adecuado propició un profundo e histórico cambio en la sociedad medieval de Europa Occidental.  

Las evidencias recogidas hasta el momento sitúan la llegada del estribo a Europa Occidental a principios del siglo VIII, que es la época en la que Carlos Martel reinaba los pueblos francos del noroeste. Brunner, uno de los más conocidos estudiosos en los orígenes del feudalismo europeo, argumenta que el ejército de Carlos Martel y los primeros carolingios sufrieron, en cuestión de prácticamente un siglo, una significativa reforma militar que consistía en la transición de un ejército mayormente formado por infantería, a uno de predominante caballería. Hoy en día, gracias a la evidencia recogida, podemos unir esta reforma con el uso del estribo, que supuso un cambio radical en el estilo de combate; gracias a esta pieza, que proporcionaba seguridad y estabilidad al jinete, este y su caballo podían funcionar como una sola entidad, aumentando considerablemente la fuerza con la que atacaban, y, por ende, el daño que causaban al enemigo. Las armas de aquella época también sufrieron modificaciones para adaptarlas al combate a caballo, lo que muestra que, a principios del siglo VIII, los primeros carolingios ya consideraban importante la transición a la modalidad de caballería. 

Carlos Martel supo apreciar la superioridad que le otorgaba esta nueva modalidad de combate. Consciente de lo costoso que sería mantener un ejército de caballería, confiscó enormes extensiones de tierra que pertenecían a la Iglesia, y las cedió a personas cercanas de su mandato a cambio de que prestaran servicio militar. Esta idea primordial fue la semilla del feudalismo; los vasallos ahora juraban lealtad a su señor mediante un obligado servicio militar, y estos últimos, a cambio de ese servicio, les concedían un feudo, que era la tierra.

El torneo fue un espectáculo ideado por los caballeros para demostrar su orgullo y lealtad hacia los señores.

Esta nueva organización social fue desarrollándose a lo largo de los primeros reinados carolingios, e inevitablemente, acentuó las diferencias entre las clases sociales. Mantener las tierras, alimentar los caballos, sustituirlos cuando fuera pertinente y conseguir una buena armadura era costoso, y solamente podían acceder a ello los que podían permitírselo económicamente. Durante el reinado de Carlomagno, nieto de Carlos Martel, se llegaron incluso a formar grupos de hombres para que, con todas sus tierras conjuntas, pudiesen equipar a un solo hombre para poder enviarlo a combate. Inevitablemente, los que no podían prestar servicio militar por razones económicas descendieron de manera progresiva en sus estatus social y legal; y, paralelamente, la clase aristócrata feudal gozaba de su estatus y riqueza en función de su responsabilidad de servir en combate, de su condición de guerrero. El orgullo de servir como guerreros hizo que los caballeros quisieran demostrar su destreza en el combate y en el manejo de armas, y así inventaron el torneo, un pasatiempo mortal, como muestra de lealtad a sus señores. 

El feudalismo se extendió de esta manera por todo el reino carolingio, y aunque expertos en el ámbito como Sánchez Albornoz aseguren que fueron los primeros en desarrollar una verdadera sociedad feudal, los francos no fueron los únicos en apropiarse de él. Sin el estribo, esta nueva modalidad de guerra hubiera sido imposible, o ciertamente muy diferente, pero también es injusto otorgar todo el mérito a la pieza; el ingenio de los primeros carolingios y su capacidad de explotar el potencial de esta pieza fue determinante también en el desarrollo del feudalismo en el medievo europeo.  

FUENTES
Lynn White. 1984. Tecnología medieval y cambio social. Paidós Ibérica.

Resolución de casos públicos (V)

Los agujeros negros no emiten ningún tipo de radiación, por eso se llaman negros.

Es incorrecto, porque los agujeros negros sí que emiten un tipo de radiación de partículas cuánticas llamada radiación de Hawking. La teoría de la relatividad expresa que, debido a la enorme masa de los agujeros negros, su campo gravitacional es tan fuerte que ninguna partícula puede salir de él. Gracias a la física cuántica, sabemos que las partículas virtuales son pares de partículas que existen por un ínfimo período de tiempo, y que es posible que una de las partículas virtuales, en ese período, entre al agujero negro. En ese momento, la partícula virtual en el exterior del agujero negro se vuelve partícula real, y en un proceso de “compensación energética”, cumpliendo el principio de conservación de la energía, el agujero negro emite una cantidad de energía de su interior; esta es la radiación de Hawking.  

Análisis de un fracaso

En 1789 estalló la revolución francesa, y el país se sumergió en una profunda reforma a muchos niveles sociales. En general, los revolucionarios querían construir una nueva Francia, que rompiera con el régimen monárquico y religioso. La ciencia y los savants o sabios tuvieron un papel importante en el desarrollo de algunas de las reformas, aunque, como se verá a continuación, no todas las novedades que se quisieron establecer tuvieron un final feliz. 

La guillotina fue una de las piezas más emblemáticas de la revolución francesa. En la imagen, la ejecución de Luis XVI, por Georg Heinrich Sieveking.

Entre los cambios que quisieron implementar se encuentra el calendario revolucionario, que es el que da título a este artículo. Lo hicieron siguiendo el sistema métrico decimal, porque estaban convencidos de que era el sistema más natural (el calendario no era la única pieza que quisieron convertir a este nuevo sistema). De esta manera, mantuvieron los 12 meses del año, pero cada mes tendría 3 semanas (llamadas décadas) de 10 días, y los 5 días restantes se añadirían al final del último mes. El 22 de septiembre de 1792, con el equinoccio de otoño, comenzaría el año, y decididos a honrar a la naturaleza, cada mes y cada día (de cada mes) tenía un nombre en referencia a la actividad agrícola e industrial. 

La principal razón de que el calendario revolucionario no funcionara, en mi opinión, es que se trataba de un cambio puramente motivado por la política revolucionaria, cuando en realidad no respondía a ninguna necesidad real. El calendario gregoriano había demostrado ser útil y no parecía exhibir carencias, pero para los revolucionarios seguía siendo un recordatorio más del antiguo régimen, su ideología y su religión, por lo que decidieron deshacerse de él bajo la máxima de construir una nueva Francia desde cero. También creo que esta obcecación por querer llevar a cabo cambios que supusieran la ruptura con la Francia de la “vieja era” llevó a los franceses a instaurar estas novedades de manera demasiado rápida, con poco margen de adaptación y asentación; creo que esta forzada rapidez también influyó en su posterior fracaso. 

Otra de las razones de que no funcionara es que los revolucionarios partieron de concepciones erróneas a la hora de construir el calendario. Quisieron adaptarlo al sistema métrico decimal, dando por hecho que la naturaleza se regía siguiendo esas leyes, lo que condujo a errores, por ejemplo, al desfase temporal entre el calendario y los ciclos lunares (reales). 

 Para mí es un ejemplo muy representativo de la relación que existe entre ciencia y sociedad. La ciencia es una actividad social que se adapta al contexto sociocultural de cada etapa en la que existe, no es viable argumentar que sea una actividad independiente y aislada, y este ejemplo lo muestra a la perfección. A diferencia de la normalización de las medidas y los pesos con el sistema métrico decimal, que sí que daba respuesta a problemas reales como facilitar el comercio o volver más justas las medidas de los impuestos a pagar por los vasallos, el calendario revolucionario fue, de alguna manera, artificial, surgió del capricho de no querer asociar la nueva etapa con la antigua, sin fundamento que lo justificara. Aunque la creatividad pueda ser una cualidad agradecida en la ciencia, creo que en la mayoría de los casos las novedades responden a necesidades, bien porque cambia el contexto o porque surgen ideas significativamente mejores, que facilitan el proceso y aportan novedades inexistentes o inexplotadas antes de que llegaran.   

¿EL método científico?

Uno de los recuerdos más vivos que tengo sobre la introducción a la ciencia en el instituto es la explicación del método científico. Recuerdo que los profesores nos hablaban de un método, de el método más bien, aparentemente útil para todas las disciplinas, en los que la observación, la formulación de hipótesis y la contrastación de estas era la clave para obtener teorías, y así, progresar en la ciencia.  

La singularidad y autoridad del método científico es un recurso empleado en muchos contextos, tanto dentro de la comunidad científica como fuera de ella, y lo cierto es que, aunque muchas de nosotras hemos sido educadas bajo esa noción lumper o agrupadora del método científico, hoy en día no sabría decir con certeza si estoy de acuerdo con ello o si estoy más cerca de los splitters o desglosadores (los que defienden que los métodos utilizados en cada disciplina científica han cambiado con el tiempo y son exclusivos de esas disciplinas).  

Esta incertidumbre se debe, en gran parte, a que (desgraciadamente) desconozco cómo es el proceso de investigación y la práctica de muchas de las disciplinas científicas. De todas formas, viendo la diversidad de disciplinas científicas que se han desarrollado, además, hoy en día más específicas que nunca, me aventuraría a pensar que existe un método particular para cada una de las disciplinas; seguro que hay técnicas compartidas y tipos de razonamiento útiles para más de una de las disciplinas, pero la práctica de la ciencia y los objetivos son muy diferentes. Además, los métodos han sufrido transformaciones a lo largo de la historia, se han adaptado a una variedad de contextos, y por eso me inclino más a pensar que cada disciplina cuenta con su propio método científico. 

Resolución de casos prácticos IV.

El colapso de la función de onda en física cuántica no es un concepto físico, sino filosófico.

Para mí, el enunciado es incorrecto, porque sí que es un concepto físico. El colapso de la función de onda ocurre cuando se pierde la superposición de unas partículas cuánticas entrelazadas en el intento de medirlas. Tras este colapso, la función de onda, que representa todos los estados posibles de esa onda, pasa a ser expresada como una partícula en uno de esos posibles estados. El hecho de que aún no se sepa la razón exacta de por qué ocurre el colapso en el preciso instante de medir la función de onda no implica que este fenómeno no se dé; significa, precisamente, que no hay explicación en este momento. Al intentar abordar los procesos y conceptos dentro del contexto de la física cuántica con un punto de vista o con una “mentalidad” de la física clásica es cuando surgen las cuestiones filosóficas, pero creo que se deben únicamente al intento de abordarla en términos más mundanos y comprensibles para el público general. 

La Wi-Fi impide conciliar el sueño. ¿En qué casos la frase es cierta?

La frase no es nunca cierta, porque no existe hasta el momento evidencia científica de que las ondas electromagnéticas de la red Wi-Fi tengan un efecto nocivo en la salud y en la conciliación del sueño. No obstante, existe un efecto demostrado llamado nocebo, en el que, debido a que consideran algo peligroso para la salud, muestran síntomas reales derivados de sus expectativas negativas hacia esa cosa. Podría afirmarse que, en personas convencidas de que la Wi-Fi impide conciliar el sueño, su organismo experimente el efecto nocebo y que, efectivamente, no logren conciliar el sueño. Pero, aun así, se trataría de un efecto derivado del desconocimiento personal sobre la Wi-Fi, y no de la conexión en sí misma, por lo que podemos afirmar, con lo que sabemos, que la Wi-Fi no es directamente responsable de impedir la conciliación del sueño.  

Todos los cristales tienen una estructura atómica o molecular periódica, que presenta un orden tanto a corto como a largo alcance. Por ello los cristales presentan un patrón de difracción de rayos X definida, que sería imposible sin esa estructura periódica.

El enunciado es falso, porque hoy en día hay evidencia suficiente para afirmar que no todos los cristales cumplen esas premisas. La definición del titular corresponde a una noción de los cristales que es obsoleta desde 1992, cuando se encontró la excepción a la afirmación de que todos los cristales tienen una estructura atómica o molecular periódica: los cuasicristales. Estos tienen un patrón de difracción definido, como los cristales, pero presentan simetrías diferentes a los últimos. Los cuasicristales tienen simetría rotacional de orden 5 (hasta finales del siglo pasado se consideraba imposible que un cristal tuviera esta simetría), y carecen de simetría traslacional, lo que significa que su estructura molecular es aperiódica. Por tanto, como los cuasicristales no muestran una estructura periódica aun teniendo un patrón de difracción de rayos X definido, debemos dar por incorrecta la premisa inicial.  

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