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La primera, la de bienvenida

¡Hola! Este es un blog académico sobre cultura científica. Nace con motivo de los estudios que acabo de empezar, y con suerte, evolucionará en un proyecto más personal, aunque sin abandonar la intención de que sea igual de didáctico que entretenido (para mí y para los lectores).

Aquí iré colgando semanalmente ejercicios de algunas asignaturas que estaré cursando este año. Pretendo reflejar mi motivación personal por reflexionar acerca de la sociedad y su relación con la ciencia; cuestionar realidades, compartir aprendizajes y por supuesto, invitar a los demás a hacer lo mismo.

Aspectos epistémicos relevantes en la historia de la escritura

La escritura es una creación de la historia de la cultura humana, y como tal, está profundamente relacionada con la historia del conocimiento de manera que es prácticamente imposible explorar la segunda sin comprender la historia de la escritura. De la misma manera en la que las culturas conforman su imagen del mundo y su identidad por la manera en la que gestionan el conocimiento, las formas y distintos usos de escritura también condicionan la gestión que las culturas hacen del conocimiento; incluso la transición desde las culturas orales a las culturas con textos codificados, es decir, escritos, ha condicionado la gestión del conocimiento.

El desarrollo de la imprenta en la fase moderna de la escritura o en la era Gutenberg, hizo que el libro se conformara como objeto activo del conocimiento. Los escritos de las fases anteriores eran canónicos, únicos, de alguna manera sagrados, y con la aparición de la imprenta y la posibilidad de reproducirlos fácilmente, los humanos tuvieron que añadir a su experiencia individual y colectiva la nueva dimensión de experiencias del mundo almacenadas en los libros, reales o ficticias, pero al fin y al cabo, susceptibles a ser considerados conocimiento.

La fase actual de la escritura, la digital, también tiene un gran impacto en la epistemología, a niveles aun imprevisibles. Sin ir más lejos, la WEB, no sólo almacena conocimiento para que siempre esté disponible e utilizable, sino que por su naturaleza metafísica, sabe lo que contiene y establece las pautas para llegar a ese conocimiento, de manera que los humanos deciden qué utilizar de todo ese conocimiento almacenado, o al menos, creen tener el poder de decidirlo.

La circulación del conocimiento como agente deseuropeizador

Tradicionalmente, la historia de la ciencia ha tendido a presentar los procesos de expansión del conocimiento de una manera horizontal, donde el saber se generaba en ciertos puntos no aleatorios, para después, expandirse al resto del mundo. Esta creencia, con Europa como generadora del conocimiento y modelo para el resto de países, no es más que una falsa narrativa eurocéntrica, que, en el mejor de los casos, ha subestimado las aportaciones y el papel que otros actores han tenido en la circulación del conocimiento a partir del siglo XVI.

Actualmente se sostiene una historiografía global, donde se estudian las interdependencias históricas de los participantes, las dinámicas entre ellos, tanto en el presente como en otras épocas, y la manera en la que se han entrelazado paradar lugar al entramado económico, geopolítico y cultural que existe hoy en día. Aún así, es propio de una visión eurocéntrica que muchos de los países y regiones geográficas estén sujetos a una condición de auxiliares de conocimiento, de meras zonas de contacto, y no de generadores importantes. Es el caso de América Latina en general, y tal y como el historiador José Pardo Tomás concreta en su conferencia, el caso de México en particular. Rediseñar la historiografía global y dotar a la historiografía de América Latina del sitio que merece es una tarea pendiente y necesaria para poder ajustar la narrativa a una mayor aproximación de la realidad, cada vez más fiel a los sucesos reales, y es lo que propone, entre otros, el autor mencionado.

Utilizar los conceptos de globalización y circulación para hablar del flujo del conocimiento a partir del siglo XVI es esencial, pero con la condición irrefutable de tratar los términos en su totalidad y complejidad: esto supone conocer las limitaciones de dicha circulación y entre otras cosas, comprender cómo las dinámicas de poder colonial establecieron quién accede y quién no a qué tipo de conocimiento, y entender que la asimetría en el olvido de ciertas culturas frente a otras es absolutamente deliberada, como dice Chakrabaty.

La cada vez más progresiva incorporación y priorización de estudios post-coloniales y voces de pueblos indígenas, condenadas a ser intermediarios del conocimiento, a ser puentes, evidencia con mayor claridad la cantidad de ejemplos de circulación que se dieron a partir del siglo XVI y que fundamentalmente sirven para deseuropeizar la historia de la ciencia. El ejemplo más evidente y el más trabajado en la conferencia es la circulación transpacífica que se dio mediante la ruta comercial de las naos que realizaban el recorrido Acapulco-Manila. La relación entre México y varios países del este asiático como Filipinas, China y Japón tiene la mencionada función deseuropeizadora precisamente porque deja en evidencia que existieron intercambios (no sólo del conocimiento, también de bienes como la plata de Potosí o de Zacatecas) que no necesitaron una intervención española, algo que, por supuesto, desafiaba la Corona.

Gracias a los necesarios esfuerzos por situar la historiografía de América Latina en el lugar correspondiente y con la relevancia merecida, se va forjando una historia de la ciencia global cada vez más fiel a la realidad y más alejada de la visión eurocéntrica que sigue vigente, siempre tan reacia a admitir la relevancia de las aportaciones de las que Europa no ha sido partícipe.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

José Pardo Tomás. Globalización y circulación del saber desde México (1520-1620)

Dipesh Chakrabarty. Provincializing Europe. Poscolonial Thought and Historical Difference. Princeton, Princeton University Press, 2000.

Ryan Crewe. Connecting the Indies: the Hispano-Asian Pacific World in Early Modern Global History. Estudos históricos, 30 (nº 60), 2017: 17-34

La historia global como campo emergente

Respuesta (ficticia) a Clara Immerwahr

Esta entrada es parte de un diálogo (ficticio) entre Fritz Haber y Clara Immerwahr, un matrimonio de químicos alemanes en plena Primera Guerra Mundial. Haber ganó un Premio Nobel a la Química por sus contribuciones a la síntesis del amoniaco a partir del nitrógeno presente en el aire, proceso que no sólo permitió salvar la vida de miles de personas al sintetizar fertilizantes a nivel industrial para la producción agrícola, también fue el paso fundamental para crear las primeras armas químicas utilizadas en la batalla, concretamente, el gas cloro en la Primera Guerra Mundial. Tras utilizarlo en la batalla de Yprès en 1915 contra las tropas francesas, Clara quedó horrorizada al ver que su marido pervertía la ciencia para hacer el mal, y se suicidó en una fiesta que el mismo Haber había organizado para celebrar el éxito del armamento químico en tierras belgas.

La carta que Clara le dejó a Fritz corresponde al trabajo de un compañero del Máster de Cultura Científica, Javier Liras, que puede encontrarse en esta entrada a su blog Kyokan. He aquí la reacción de Fritz a la carta de despedida de Clara:

3 de mayo, 1915.

Querida Clara,

Me duele mucho que nos hayas dejado de esta manera, te echamos muchísimo de menos. Ojalá siguieras con nosotros para poder ver la guerra terminar, y comprobar con tus propios ojos que esta es, en última instancia, la manera más rápida y eficaz de poner fin a esta batalla. 

Me duelen tus palabras y me duele ver que nos has dejado sin entender la verdadera causa de nuestro trabajo, de los científicos, de personas como tú y como yo. Cada ciudadano elige su manera de honrar a la nación, a la gran Alemania, pero no todos pueden hacerlo de la misma manera. Antes de estudiar Química quise ser oficial militar, para poder defender mi pueblo, pero mi ascendencia judía me lo impidió. Por suerte no tardé en darme cuenta de que, al igual que los soldados lo hacían en primera línea de batalla, los científicos tenemos una herramienta importantísima para servir a la nación, y esa herramienta es la ciencia. 

Te has ido sin comprender el compromiso que tenemos con nuestra patria; todo, absolutamente todo lo que hacemos en nuestro trabajo es por su bien, por nuestro bien. Es ella la que nos permite tener algo que llevar a la boca, la que nos permite poder formar una familia tan maravillosa, y qué mejor manera de pagar nuestra deuda que con una ciencia que trabaja para su prosperidad. Este mismo propósito es el que motivó el trabajo de hace años sobre la síntesis de amoniaco a partir del nitrógeno del aire, ese trabajo por el que dices estar tan orgullosa de mí, y sin embargo, me llamas monstruo por defender a nuestro pueblo, por defender la vida de todos los alemanes, como la de nuestro querido hijo Hermann.

Tus reproches sobre utilizar la ciencia para el bien o para el mal no pueden estar más alejados de la realidad. La ciencia que sirve a su pueblo y que lo defiende del enemigo es la única ciencia que existe, y es la que he practicado y seguiré practicando hasta el día en que muera. ¿Acaso has visitado los hospitales de tu propia ciudad? ¿Acaso has tenido la oportunidad de ver el sufrimiento de los soldados y de sus familias cuando mueren en sus camas desangrados lentamente por heridas y amputaciones de armas de fuego? Qué ingenua eras… La guerra es inevitable porque es parte del instinto de protección que tenemos los humanos. Por supuesto que no disfruto ni festejo la guerra, todo lo que quiero es que termine cuanto antes, y creo firmemente que el armamento químico es el camino más rápido para lograrlo. Pero tú nunca lo entendiste…

Espero que hayas conseguido la paz y tranquilidad que tanto ansiabas, yo cuidaré de Hermann y de nuestro pueblo con la pasión con la que lo he hecho hasta ahora. 

Siempre te recordaré,

F. 

FUENTES

El suicidio de Clara Immerwahr, una química pacifista en tiempos del kaiser Guillermo.

Fritz Haber. De benefactor de la humanidad a criminal de guerra. Dos caras de un genio de la química.

Labatut, Benjamin (2020) Un verdor terrible. Barcelona: Anagrama, págs.: 30-35.

Who was the father of chemical weapons?

Entrevista a Dorothy Crowfoot Hodgkin

El avance de la tecnología en el siglo XXI está alcanzando unos límites sin precedentes… ¿conexiones con el más allá y entrevistas con difuntos? ¡Eso está hecho! Hoy conseguimos conectar con la magnífica química Dorothy Crowfoot, que nos recibe desde su constelación, su hogar desde el 29 de julio de 1994.

Buenos días Dorothy, ¡muchísimas gracias por aceptar la invitación! Me gustaría hacer un pequeño recorrido de tu vida con esta entrevista así que comencemos por el principio. ¿Supiste desde pequeña que querías dedicarte al estudio de los cristales?

Sí, lo supe desde muy chica. Me fascinaban los minerales y los cristales, y la pasión por investigar me venía desde casa. Mis padres trabajaron como arqueólogos en Sudán, y recuerdo que un amigo de mi padre me regaló un kit de análisis de minerales y me pasaba el día identificando minerales que me gustaran o me parecieran extraños. Creo que por aquel entonces tendría 12 años. Y cuando unos pocos años más tarde mi madre me regaló “Concerning the nature of things” de William Bragg… ahí es cuando me quedé completamente prendida de las estructuras geométricas de los cristales y tuve claro que quería estudiar química.

¿Y cómo fue el proceso de estudiar una carrera universitaria en la década de los 20 y 30? Supongo que las mujeres no lo tendríais fácil…

Conseguí entrar en la Universidad de Oxford, al Somerville College que era exclusivo para mujeres, a estudiar la carrera de ciencias químicas, y después en Cambridge a hacer el doctorado, pero tuve mucha suerte. En Oxford, solo una quinta parte de las estudiantes eramos mujeres, y en Cambridge mucho menos; no podíamos participar en debates organizados por la universidad y para entrar a muchos sitios necesitábamos autorización del decano. Era una época con muchas protestas para que las mujeres tuviéramos las mismas oportunidades que ellos, aunque eso desgraciadamente tardó en llegar.

Alguna vez has mencionado que John Desmond Bernal fue tu mentor, ¿cómo os conocisteis?

Yo acababa de terminar la carrera en Oxford y sabía que en Inglaterra había muchos científicos trabajando en primera línea en cristalografía, así que conseguí entrar en su laboratorio para hacer la tesis doctoral. Fue la oportunidad de mi vida para aprender, y el ambiente en el laboratorio y con el equipo era muy bueno. De hecho, fue en ese laboratorio donde tuve el honor y la suerte de presenciar cómo Bernal y sus colegas conseguían cristalizar la enzima pepsina y llevar a cabo su difracción de rayos X; aunque en aquel entonces no consiguieron deducir la estructura de la molécula, la técnica era prometedora. Fue una experiencia muy enriquecedora y yo creo que gracias a todo lo que aprendí con Bernal, al terminar la tesis en 1934, la Universidad de Oxford me ofreció una beca para volver allí y trabajar con una de las máquinas de difracción de rayos X.

Cuéntanos un poco en qué consiste la cristalografía de rayos X, para nuestras lectoras menos familiarizadas.

Consiste en hacer una fotografía con rayos X a las moléculas. En el laboratorio hacemos pasar rayos X a través de la sustancia cristalizada que queremos investigar, y los rayos que la atraviesan se plasman en una placa fotográfica. Los átomos de la sustancia difractan los rayos, y dependiendo de la posición y de los tipos de átomos, el patrón o dibujo de la placa fotográfica será de una manera u otra. Lo divertido de la cristalografía es después deducir y calcular, en base al brillo, al tamaño o a la posición de los puntos en el dibujo difractado, la composición tridimensional exacta de la sustancia que nos interesa. Claro, cuanto más grande la molécula mucho más difícil descifrar cómo es, cómo están los átomos posicionados, qué tipo de átomos la forman, cuántos son,…

¿Fue al volver a Oxford cuando descubriste la estructura de la insulina?

No, ojalá fuese así de rápido. Al volver a Oxford me topé por primera vez con la insulina, eso es cierto, y conseguí cristalizarla y obtener su patrón de difracción pero de ahí a conocer la estructura de la molécula hay un gran trecho. No lo conseguimos hasta 1969, imagínate, ¡tuvieron que pasar 35 años hasta que conociéramos su estructura!

¿Por qué tanto tiempo?

La insulina es una molécula enorme, y las técnicas de análisis matemático de aquella época para descifrar la estructura a partir de los patrones de difracción todavía no eran suficientes, así que, en gran parte, esa dificultad sirvió de motor para poder desarrollar nuevas técnicas y poder “desvelar” más moléculas.

15 años antes de estructurar la insulina, lo conseguimos con la vitamina B12 en 1954, y creo que hasta el momento no se había conseguido la forma tridimensional de una molécula orgánica tan grande, pero para que te hagas una idea, la insulina era cuatro veces más grande que la vitamina. Realmente fue un proceso larguísimo y complicado, pero conseguirlo fue uno de los mayores logros de mi vida. Cuando conocí la insulina por primera vez, en 1934, justo estaba dándose a conocer la enfermedad de la diabetes y tuve una especial conexión con esta molécula, por eso conseguirlo fue una satisfacción también a nivel personal.

Está claro que la espera valió la pena, porque en esos 35 años tuviste logros realmente impresionantes a nivel académico, como el descubrimiento de la estructura de la penicilina, que cambió por completo el panorama de la medicina. ¿Cómo fue ese hallazgo?

Fue duro, requirió muchísimo trabajo… lo has resumido en una frase pero la realidad es que trabajamos muy duro para conseguirlo. Pero es otro de los logros que más me enorgullece de mi carrera como química. Esto ocurrió en 1945, después de que arrancara la Segunda Guerra Mundial y hacía pocos años Florey y Chain habían conseguido purificar la penicilina, pero hacían falta métodos nuevos para poder fabricarla artificialmente a gran escala, porque los heridos no dejaban de aparecer, era un panorama devastador… Fue un descubrimiento maravilloso, y en gran parte fue gracias a unos de los primeros ordenadores, muy antiguos claro, nada que ver con lo que tenéis hoy en día, que ayudaron mucho a la hora de conseguir el modelo tridimensional de la molécula.

2 años después del descubrimiento de la estructura de la penicilina fuiste admitida en la Royal Society of London, la asociación científica británica con mayor prestigio, y en 1964 recibiste el Premio Nobel de Química. ¿Sabías que fuiste la tercera mujer en la historia en conseguir ambos logros por separado?

Me alegra saberlo, aunque creo que son muy pocas, y es una pena que todavía cueste tanto reconocer el mérito de las mujeres. La ciencia y la cristalografía me han dado la oportunidad de conocer a mujeres científicas increíbles, como Rosalind Franklin. La ciencia no la trató bien. Yo tuve el honor de conocerla, creo que a principios de la década de los 50, y recuerdo que me trajo la foto número 51 que ella había sacado del ADN, y me quedé asombrada con la imagen y con sus ideas. Fue muy injusto que no se reconociera su trabajo y su contribución cuando Watson, Crick y Wilkins ganaron el premio Nobel por el trabajo que lograron gracias a la fotografía de ella.

Por último, ¿cuándo decidiste retirarte del mundo de la ciencia?

Me jubilé con 67 años, en 1977. Yo padecía artritis reumatoide desde muy joven, prácticamente desde que finalicé el doctorado. Es cierto que la maternidad me ayudó mucho a aliviar el sufrimiento, pero ha sido un dolor crónico en mi vida y me debilitó sobre todo durante los últimos años de la carrera, la investigación se hacía cada vez más dura. Por aquel entonces ya me desplazaba en silla de ruedas, pero aun así, eso no me frenó a seguir vinculada con el mundo de la ciencia, que lo era todo para mí; me invitaron a muchas conferencias y debates sobre química y también sobre la paz mundial, que siempre fue otra de mis grandes pasiones.

Ha sido un placer haber charlado contigo Dorothy, muchísimas gracias por este honor y por seguir siendo uno de las grandes figuras y ejemplo a seguir para las mujeres en todo el mundo.

FUENTES

Capturada por la química: Dorothy Crowfoot Hodgkin

Dorothy Crowfoot Hodgkin

Dorothy Hodgkin, la mujer que vio la penicilina

La científica del mes: Dorothy Crowfoot Hodgkin

Crítica Popperiana a la «ciencia normal»

La concepción del filósofo Thomas Kuhn de la actividad científica entendida como transiciones entre ciencia normal y revoluciones científicas, supuso, a mediados del siglo XX, un cambio en la manera de entender cómo funcionaba la ciencia, y contribuyó en gran parte a una nueva noción menos empirista y más subjetiva de esta. Según Kuhn, la ciencia se da dentro de un paradigma concreto, que es un conjunto de criterios, metodologías, creencias, etc. que están acordados por la comunidad científica de cada disciplina, y que guían la actividad científica. Cuando aparecen cambios puntuales que cuestionan la efectividad del contexto y del paradigma vigente, se dan las revoluciones y se forma un nuevo paradigma que pueda ofrecer pautas mejores y más completas para hacer ciencia.

Popper fue uno de sus más conocidos críticos, y puntualizaba las limitaciones que supone para las personas que ejercen la ciencia tener que ceñirse a lo marcado por los paradigmas concretos, y consideraba que la mera noción de ciencia normal era dogmática. Creo que en este sentido Popper tiene parte de razón, porque, aunque sí que es cierto que en algunas disciplinas se den episodios de cambios bruscos y puntuales y que a raíz de ellos cambie, por ejemplo, algún criterio o metodología fundamental, creo que no es aplicable a todas las disciplinas y que la idea de ciencia normal no proporciona el suficiente espacio para la creatividad científica. Un paradigma, según Kuhn, marca no sólo lo que es “investigable” o lo que la comunidad en concreto debe centrarse en resolver, también recoge las posibles soluciones a esos problemas. Aferrarse a esta noción de “normalidad” me parece que puede perpetuar un avance lento y limitado, y que no proporciona el abanico de posibles herramientas para explorar e investigar más allá de lo establecido.

La línea de Wallace: tras la pista de uno de los padres de la evolución.

Portada del libro «Where worlds collide. The Wallace line», obra de Penny van Oosterzee.

Where worlds collide. The Wallace line” es una obra publicada en 1997 por la australiana Penny van Oosterzee. Penny se graduó en Ciencias para después obtener un Máster y Doctorado en Ciencias Ambientales. Ha publicado varios artículos científicos y obras de divulgación, y entre los libros más conocidos encontramos “Dragon bones: the story of Peking Man” (1999), “The discovery of the Hobbit: The scientific breakthrough that changed the face of human history” (2007) y el explorado en este artículo, “Where worlds collide. The Wallace line” (1997). También ha ganado numerosos premios por sus publicaciones, entre los que destaca el Eureka Prize, el premio sobre ciencia más prestigioso de Australia; lo ha ganado dos veces, una de ellas con este libro, “Where worlds collide. The Wallace line”. Actualmente, es investigadora adjunta en las universidades australianas James Cook University y Charles Darwin University, y también es directora e investigadora en el Biome5, una organización implicada en proyectos de conservación y recuperación medioambiental en la zona del Territorio del Norte, en Australia.

«The Malay Archipelago» como hilo conductor hacia la biogeografía de islas

“Where worlds collide. The Wallace line” está basado en una de las publicaciones más importantes y esenciales sobre biogeografía, “The Malay Archipelago”, un libro de Alfred Russell Wallace publicado en 1869 que narra los viajes y las exploraciones científicas que este naturalista inglés realizó en el archipiélago malayo a lo largo de ocho años, de 1854 a 1862. Penny van Oosterzee, tomando “The Malay Archipelago” como hilo conductor, presenta, por una parte, al autor, a Alfred Russell Wallace, indudablemente uno de los científicos más relevantes del siglo XIX cuyas aportaciones fueron esenciales a la hora de presentar la teoría de la evolución por selección natural pero que, desgraciadamente, quedó injustamente eclipsado por su contemporáneo compañero Charles Darwin.

Alfred Russell Wallace.

Partiendo de esta base, Penny van Oosterzee incorpora una gran variedad de nuevos datos, muchos de ellos desconocidos en su día por el mismo Wallace, para integrarlos con los descubrimientos que el inglés realizó en el archipiélago y proporcionar una visión mucho más completa y general de las contribuciones descritas en el libro original. A lo largo del libro, la autora describe los viajes y las exploraciones llevadas a cabo por Wallace, y presenta el principal descubrimiento de este científico, que es precisamente lo que da nombre al libro: la línea de Wallace. Se trata de un límite biogeográfico, una línea aparentemente ficticia que atraviesa el archipiélago malayo y que separa los continentes de Asia y de Oceanía, y que explica, entre otros aspectos que se explorarán a continuación, la diferencia y el contraste en la biodiversidad entre algunas de las islas del archipiélago. Oosterzee también aprovecha las miles de descripciones de plantas, artrópodos, aves y otros animales que realizó Wallace a lo largo de los ocho años que estuvo en las islas para presentar a los lectores una muestra de la riqueza y biodiversidad de ese sitio.

El tema científico principal tratado en la obra es la biogeografía de las islas del archipiélago malayo. La biogeografía es una disciplina científica que estudia la distribución geográfica de los seres vivos en el globo; esta rama se encarga de explorar las variaciones de dicha distribución en el tiempo y en el espacio, y también de analizar los procesos que han contribuido a modificarla. Basándose en estos datos, la biogeografía delimita regiones, que a su vez, se clasifican de una manera jerárquica teniendo en cuenta el grado de similitud que presenten estas zonas en todo el mundo.

Esta disciplina comenzó a desarrollarse a lo largo de los siglos XVIII y XIX, con ideas que relacionaban la vegetación y el clima. Naturalistas como Alexander von Humboldt (1769-1859) ya concluyeron a principios del siglo XIX que existían ciertos “cinturones” de vegetación que se correspondían claramente con cambios en latitud a lo largo del globo, y comenzó a establecerse la idea general de que la distribución de los seres vivos en el planeta no era algo aleatorio y seguía ciertos patrones. Phillip Lutley Sclater (1829-1913) fue otro de los científicos que hizo interesantes contribuciones a esta disciplina, al clasificar varias regiones biogeográficas acordes a las condiciones ambientales y distribución de aves; sus conclusiones fueron muy significativas para el trabajo de Wallace.

El nacimiento de la línea de Wallace fue la incomprensión

Para entender cual fue una de las mayores contribuciones de nuestro protagonista, es necesario adentrarse en su viaje al archipiélago. Wallace pasó 8 años en el archipiélago malayo y realizó varios viajes a través de las cientos de islas, hasta que un día, cruzando los 25 km de mar que hay entre las islas Bali y Lombok, se dio cuenta de que existía una diferencia absolutamente desproporcionada entre los seres vivos, y en concreto, entre los mamíferos y aves, que habitaban estas dos islas. No había detectado semejante cambio entre las islas hasta el momento, pero se dio cuenta de que ocurría lo mismo entre islas que estaban relativamente cerca, como Borneo y Sulawesi (Célebes). Wallace se extrañó al darse cuenta de que islas como Bali o Borneo, que se encontraban más cerca de Asia continental que islas como Lombok y Sulawesi (pero aun así más cerca de estas que del continente), presentaban animales presentes en el continente asiático, como monos o picapinos, y que estos animales no se veían en islas como Lombok y Sulawesi. De la misma manera, estas dos últimas islas tenían animales que también estaban presentes en Australia, como algunos marsupiales o loros, pero no había ni rastro de ellos en islas como Borneo o Bali.

Imagen que muestra el recorrido de la línea de Wallace a lo largo del archipiélago malayo.

¿Cómo era posible que hubiese más parecido entre islas como Australia o Lombok, a más de 2000 kilómetros de distancia, que entre Lombok y Bali, a tan sólo 25 kilómetros? En general, la diversidad que había en las islas del archipiélago malayo contrastaba notablemente con la lógica de las expectativas de Wallace, y eso lo llevó a trazar una línea imaginaria entre las islas más dispares entre sí, como las mencionadas, y a ese límite se le llamó la línea de Wallace. Hoy en día, gracias a contribuciones de otras disciplinas sabemos que la línea de Wallace es un límite biogeográfico que separa dos regiones con historias evolutivas diferentes. A pesar de que la línea de Wallace es imaginaria, bajo ella se encuentra una sima submarina fruto de la subducción de dos placas tectónicas. Los períodos glaciales provocaron que algunas zonas del archipiélago malayo quedaran sumergidas bajo el agua, y funcionaron como barrera para la migración de varios seres vivos. Principalmente por esta razón, las poblaciones de seres vivos evolucionaron de manera independiente y diferente a ambos lados de la fosa, lo que dio lugar al contraste en la biodiversidad que detectó Wallace en sus viajes.

«Where worlds collide. The Wallace line», relevante también a día de hoy.

Esta obra tiene, en mi opinión, tres puntos fuertes que dejan en evidencia la relevancia de la obra, incluso a día de hoy. Por una parte, otorga la importancia merecida a una figura científica que ha estado injustamente a la sombra durante años, que es Alfred Russell Wallace. Si bien es cierto que en esta obra se realzan de una manera más clara sus contribuciones en el ámbito de la biogeografía y en especial, de la biogeografía del archipiélago malayo, no se puede olvidar el papel que tuvo el viaje descrito en el libro en la teoría de la evolución.

En su estancia en el archipiélago, Wallace identificó y describió miles de especies, y también logró llegar a la conclusión de que existía cierto tipo de continuidad, de parentesco, entre muchas de aquellas especies. Llegó a intercambiar con Charles Darwin sus ideas acerca de la selección natural como método de adaptación y especiación de los seres vivos, que eran sorprendentemente similares a las que había concluido el segundo de manera independiente en su viaje a Sudamérica en el Beagle. De hecho, fue después de conocer las conclusiones de Wallace cuando Darwin se animó a publicar su teoría de la evolución, y a pesar de ello, Alfred Russell Wallace no obtuvo el reconocimiento que merecía. En muchas ocasiones, la historia se olvida de grandes figuras científicas que, por distintas razones, terminan siendo eclipsadas por sus compañeros de la disciplina, que son los que acaparan todo el mérito; por supuesto, este argumento no trata de menospreciar los trabajos de Darwin, sino de arrojar luz sobre Wallace, que ha sido, sin duda alguna, uno de los padres de la evolución y de la biogeografía.

Otra de las razones de su importancia reside en la capacidad de la autora de integrar diferentes disciplinas científicas y mostrar el trabajo conjunto de todas ellas a la hora de entender el funcionamiento de la naturaleza. Como ya se ha mencionado con anterioridad, la base del libro es el escrito original “The Malay Archipelago” pero la autora hace un trabajo impecable a la hora de añadir conocimientos que Wallace desconocía para poder explicar mejor y de manera más verdadera y comprensible todos los fenómenos que el inglés describía. Es un error común, en mi opinión, dejarse llevar por la idea de la compartimentalización de las disciplinas científicas y pensar que todas ellas actúan por separado o evolucionan de manera independiente, y esto no puede estar más alejado de la realidad. En este libro queda reflejado que disciplinas como la geología, la genética y la antropología, por mencionar algunas, cumplen un papel muy importante en la biogeografía, y que distintas ramas de la ciencia se integran y actúan en conjunto para poder dar explicación a los fenómenos de la naturaleza.

Por último y no menos importante, creo que en cierta medida el libro es un grito de socorro de la naturaleza. Las descripciones de los paisajes que Wallace se encontró hace aproximadamente 170 años contrastan de manera desgarradora con el panorama con el que se topó la autora, tal y como lo describe en el epílogo. Las aguas prístinas y las complejas estructuras coralinas, las preciosas medusas y los enormes bancos de peces de colores, y la belleza que rebosaba la realidad, mucho más allá del imaginario y de los testimonios de otros exploradores; todo ello y más ha sido reemplazado por paisajes en los que reina el efecto devastador del ser humano. Como reflexión personal, he de decir que leer el epílogo ha sido un golpe doloroso de realidad; la mera idea de que, posiblemente, jamás se pueda tener una primera impresión de un paisaje tal y como lo tuvieron en su día exploradores como Wallace, resulta devastadora. Y la realidad es que el libro solamente trata uno de los muchísimos rincones en el planeta que se encuentran en una situación similar o peor. Creo que este aspecto reflexivo del libro lo convierte en una obra muy relevante para la actualidad, no sólo por las numerosas razones ya descritas desde una perspectiva de conocimiento científico, sino también por su llamamiento a la humanidad para darse cuenta de que toda la degeneración y pérdida de biodiversidad que está sufriendo nuestro planeta es autoría y responsabilidad nuestra.

FUENTES

Van Oosterzee, P. Where worlds collide. The Wallace line. (1997) Smashwords Edition.

Historical development of biogeography

Wallace y Darwin: un pacto por la evolución.

Biome5 Environment & Biocarbon specialists

La línea de Wallace

Biombos de Namban o el encuentro entre Japón y Portugal

El arte es uno de los elementos que conforman la cultura humana; aunque su definición pueda resultar controvertida, lo cierto es que ha estado presente desde los inicios de la humanidad. Formar parte de la cultura hace que sea un elemento que evoluciona junto con las sociedades en las que se desarrolla, y eso implica que el arte pueda servir como conductor al contar la historia de la humanidad. El tema de este artículo, el último para la asignatura Historia de la Ciencia en Oriente, girará en torno a una manifestación artística que plasmó, hace aproximadamente 400 años, un ejemplo del encuentro y la interacción entre el mundo occidental y el oriental.

Se trata de los “Namban byobu” o biombos de Namban, unas obras pintadas en papel, principalmente con pintura tradicional japonesa, y con una estructura de madera para darle consistencia y función de biombo. Su nombre, Namban, alude a los “bárbaros del sur” y tiene origen chino; estos utilizaban cuatro términos para referirse a los pueblos que había al norte, sur, este y oeste de su país, y los Namba eran los sureños. Los japoneses hicieron uso de ese nombre para referirse a los portugueses, que son los que aparecen representados en este tipo de biombos. Estas obras fueron realizadas por varios artistas a lo largo de los siglos XVI y XVII en Japón, y uno de los artistas más conocidos, Kanō Naizen, es el autor del biombo Namban que exploraremos en el artículo.

El siglo XVI supuso el primer contacto directo entre Japón y los europeos; estos últimos sabían, por los viajes de Marco Polo tres siglos antes, de la existencia de una gran isla en el mar de China llamada Cipango (Japón), pero hasta entonces ningún europeo había llegado, mucho menos Cristóbal Colón, que pensando que había llegado a ese archipiélago asiático, identificó Cuba como Cipango. Todo cambió cuando en 1543, naufragaron en el archipiélago tres comerciantes portugueses, y lo que comenzó como intercambio cultural terminó en una profunda influencia portuguesa sobre Japón en muchos aspectos de la sociedad, encabezada por la evangelización cristiana de los jesuitas portugueses que se alargó hasta 1637, año en que fueron expulsados.

«Namban byobu» de Kanō Naizen, atribuida a la época Azuchi-Momoyama (siglos XVI y XVII).

Se recomienda visitar la fuente de la foto, aquí, para una mejor resolución de la imagen y opción de ampliar la foto.

Este biombo Namban contiene varias características que reflejan la conexión entre Portugal y Japón. La primera de ellas, quizás una de las más llamativas, es el navío, normalmente pintados con tonos muy oscuros y que son la primera representación de la llegada de los portugueses a Japón. Los navíos portugueses son un elemento muy habitual en los biombos Namban y se cree que el detalle con el que están pintados refleja lo impresionados que quedaron los japoneses ante sus dimensiones y la agilidad que tenían las naos en el mar.

Otro elemento, que quizás pueda pasar desapercibido, es la cruz en el tejado del edificio, en la parte superior derecha del biombo. Es una cruz cristiana, reflejo del proceso de evangelización que se estaba llevando a cabo en el país. Es posible que la cruz refleje que se trata de un templo cristiano, uno más de los muchos que se construyeron en ciudades importantes como Kyoto, Osaka o Nagasaki; la razón es que, según la evidencia, los misioneros jesuitas quisieron construir los templos cristianos con una arquitectura parecida a la de los templos japoneses con la creencia de que el proceso de evangelización sería más eficaz.

Un tercer elemento muy común en los biombos Namban y presente también en este, es la figura del capitán del navío. Normalmente se representaba bajo una sombrilla sujeta por uno de sus sirvientes, por lo que cabe pensar que en este biombo el capitán es el hombre bajo la sombrilla con vestimenta de color rojo. En este biombo podemos ver a la derecha el mercado del pueblo, donde se han acercado varios habitantes a recibir al capitán del navío, y entre ellos se encuentran los misioneros jesuitas, vestidos con sus características túnicas negras, otro de los elementos típicos en los biombos Namban.

A pesar de que algunos autores ponen en duda que los biombos Namban representen con fidelidad de la llegada de los portugueses a Japón, la mayoría de los historiadores coincide en que estas representaciones artísticas constituyen una fuente importantísima de información acerca del encuentro entre estos dos países, un suceso que influyó visiblemente en la historia de ambos.

FUENTES

Biombos. La globalidad del arte barroco

Cipango

Los «Namban byobu» de Japón (unas pinturas con temas occidentales)

Namban

Namban screens (Right-hand screen)

Portuguese ships on japanese Namban screens

El arte de la guerra, éxito de la ciencia y tecnología china.

La guerra ha sido para la historia de China una verdadera expresión de desarrollo científico y tecnológico, especialmente del segundo, que ha ido transformándose y perfeccionándose a lo largo de las muchas dinastías conocidas del gigante asiático; es posible hablar incluso de una cultura militar, una idea que engloba tanto el pensamiento y la estrategia militar como aspectos como la arquitectura, tal y como describen algunos historiadores. El arte de la guerra es una de las paradas imprescindibles en el camino de conocer la historia de la ciencia y tecnología en China.

Se escribieron numerosos tratados militares, pero sin duda el más conocido y el que más influencia ejerció tanto en la historia de China como en la de otros países y culturas, y que incluso es apreciable hoy en día, es “El arte de la guerra” del Maestro Sun Tzu, datado a finales del Período de los Estados Combatientes, en el siglo V a.C. aproximadamente. En este tratado el autor asegura que “La guerra es un asunto de vital importancia para el Estado; la provincia de la vida o de la muerte; el camino de la supervivencia o de la ruina. Se requiere estudiarla profundamente”, y explica, a lo largo de 13 capítulos, la esencia de esta y sus estrategias y tácticas militares. En realidad es un conjunto de aforismos cortos escritos con tinta hecha de hollín en tablillas de bambú. En El arte de la guerra, Sun Tzu refleja una ética de guerra que se mantuvo a lo largo de siglos, y su influencia en otras culturas, tanto en ámbito de guerra como de diplomacia, servicios de inteligencia, competencia y hasta organización empresarial, es notable incluso en la actualidad. A diferencia de lo que puede parecer, El arte de la guerra no es una veneración a la guerra, no la glorifica, y Sun Tzu la consideraba un recurso final para cuando las demás estrategias hayan fallado. Una de las ideas centrales de la obra es la importancia de conocer bien (y de no dejar conocer bien) al enemigo y su psicología, incluso motivando la labor de espionaje, pero también el terreno y técnicas contraofensivas.

Una réplica de «El arte de la guerra» de Sun Tzu, hecha con tablillas de bambú. Fuente: University of California.

Una de las contribuciones bélicas más importantes que hizo la ciencia china fue la pólvora, que cambió para siempre el arte de la guerra. Se data el descubrimiento de la pólvora a finales de la dinastía Tang (618-906), pero fue realmente la dinastía Song (960-1279), a la que se le atribuye la época dorada del progreso tecnológico, la que supo sacarle el máximo partido a la pólvora, utilizándola como base para el desarrollo tecnológico de armamento. Las evidencias señalan que durante la dinastía Tang, el salitre, uno de los compuestos principales de la pólvora, se introdujo en India e Irán, pero fue durante la dinastía Song cuando la pólvora en su totalidad llegó a esos países. También se expandió a los árabes y a países europeos, y el Imperio mongol, conquistadores natos y creadores del mayor imperio del mundo, tuvo un gran papel en el proceso de expansión de la pólvora a lo largo de los siglos XIII y XIV.

Esquema del lanzallamas con pólvora recogido en el «Wujing zongyao». La caja inferior que sirve de base es un depósito de combustible, y el cilindro horizontal superior hace de pistón, con pólvora en la punta. Cuando se calienta el depósito, el accionamiento rápido del pistón hace que el combustible pase a través de los cuatro tacos verticales hasta el cilindro y entre en contacto con la pólvora, lo que crea una llama prolongada. Fuente: Wikipedia Commons.

En esta época encontramos otro de los tratados militares más importantes, el “Wujing zongyao” que se traduce a “Colección de técnicas militares más importantes”, de 1044. Esta obra, compuesta por varios expertos bajo el mandato del Emperador Renzong, reúne información acerca de todo tipo de armas desde catapultas, granadas, lanzallamas, navíos de guerra y también la primera formulación de la composición de la pólvora, lo que deja en evidencia el ingenio y la excelencia tecnológica de esta dinastía.

FUENTES

Characteristics of Chinese military culture: a historical perspective.

Science and technology of the Song dynasty

Science and technology of the Tang dynasty

Science in the Tang and Song dynasties

The Art of War

Conexiones entre oriente y occidente: el Galeón de Manila

El siglo XVI estuvo claramente caracterizado por viajes de exploración, expansión y colonización llevados a cabo por europeos, y en concreto el Imperio Español tuvo gran protagonismo. Fueron los españoles los que crearon la primera red de comercio global, uniendo por mar Europa, América y Asia. Se denominó Galeón de Manila o Nao de China a los grandes navíos del Imperio Español que unían el puerto de Manila, en Filipinas, con varios puertos del Imperio en América Latina, principalmente Acapulco, a lo largo de más de dos siglos (1565-1815).

El tratado de Tordesillas de 1494 estableció lo que era territorio portugués y lo que era español, así que los españoles tuvieron que ingeniar una ruta que no fuese por África y el océano Índico (dominio luso) para poder llegar a las legendarias islas de las especias, las Molucas. Los europeos conocían el océano Pacífico gracias a las exploraciones de Núñez de Balboa en 1513, y consiguieron llegar hasta Manila; la tarea más difícil, llevada a cabo por Miguel López de Legazpi y Andrés de Urdaneta fue el tornaviaje, también llamado Ruta de Urdaneta, era la vuelta desde Manila a Acapulco. Una vez conseguida, se bautizó como la ruta del Galeón de Manila, que trajo consigo un extenso intercambio cultural, social y económico, además del transporte de mercancías como la seda de Oriente y la plata de Potosí.

Establecer las exactas contribuciones del Galeón de Manila en el intercambio de ideas y conocimiento científico y tecnológico no es tarea fácil, puesto que la mayoría de trabajos se centran en los intercambios culturales y sociales entre las dos colonias y en muchas ocasiones se atribuyen estos intercambios a la época colonial en su totalidad. Aun así, merece la pena destacar que el intercambio de especias y plantas, uno de los principales intereses de dicha ruta comercial, estuvo acompañado de un flujo de conocimiento sobre medicina que se extendió tanto en la América colonizada como en España. Las especias no sólo fueron codiciadas por su valor económico, también lo fueron por sus propiedades medicinales. Existe evidencia también de que la obra “De Materia Medica” del botánico y farmacólogo griego Dioscórides viajó a Filipinas a lo largo de los años en los que viajaba el Galeón de Manila, y que pudo servir de pauta no sólo para la botánica filipina, sino también para la síntesis de nuevos medicamentos, ya que es una obra considerada precursora de la farmacopea moderna.

El clavo (Syzygium aromaticum), una de las especias más codiciadas.

Los viajes que se realizaron en el Galeón de Manila también permitieron expandir el conocimiento acerca de zoología y botánica, con descripciones de distintos animales y plantas desconocidos para muchos europeos tanto en Filipinas como en México, y cartografía, puesto que se elaboraron mapas con nuevas rutas.

FUENTES

El intercambio de plantas en la Nao de China y su impacto en México

Galeón de Manila

La medicina misionera en Hispano-América y Filipinas durante la época colonial

Las expediciones científicas españolas en el siglo XVIII

Las plantas y los animales en la Nao de China: el otro intercambio

Making the first global route: the Southeastern Asian foundations of the Acapulco-Manila Galleon trade, 1519-1650

The Philippine islands: a vital crossroads during the first globalization period

Cuando el poder es prioritario, el valor de la vida es cero

La relación entre la ciencia y la sociedad es una idea central que no deja de trabajarse a lo largo de las asignaturas de este Máster de Cultura Científica, y se hace con perspectivas cada vez más interesantes. Entendemos la ciencia como un producto adaptado a las sociedades en las que se crea, precisamente por su naturaleza humana y por la realidad evidente de que el ser humano también forma parte de dicha sociedad. La estrecha relación entre la sociedad y la ciencia hace inevitable que aspectos como la cultura, y en este caso, la literatura, también estén impregnados por la actividad científica. Este artículo es una reflexión que parte de un libro titulado Voces de Chernóbil escrito en 1997 por la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich. En esta obra, la autora reúne varias reflexiones propias y testimonios desgarradores de supervivientes y personas relacionadas con el desastre de Chernóbil en abril de 1986, en un intento (muy exitoso) de proporcionar una perspectiva más humana de la catástrofe y de dar voz a los que han sido silenciados durante años. Conocer los detalles del desastre nuclear de Chernóbil es interesante por varias razones, pero en este caso, la reflexión girará en torno al contexto social y político de aquella época.

Me parece que Voces de Chernóbil deja entrever una presencia ambigua de la ciencia en la sociedad soviética; da la sensación de que conviven en la misma sociedad un desconocimiento de contenido científico en la población general y una confianza ciega en la misma ciencia soviética. Las bombas atómicas que EEUU lanzó sobre Japón marcaron el inicio de lo que se conoce como Guerra Fría, un enfrentamiento a niveles como el político, ideológico y militar entre la Unión Soviética y EEUU; esta guerra tuvo como principal herramienta un constante alarde de poder, tanto armamentístico como científico por parte de los dos países y se caracterizó con un incesante aumento de tensión palpable, vivido en todo el mundo. Especialmente en este período y a partir del ataque a Japón, la ciencia se transformó en arma y muchos de sus avances, como los viajes espaciales y la llegada a la Luna, se convirtieron en exposiciones de poder más que en logros científicos. La población soviética fue educada para que viera la ciencia, y en especial la física, como ingrediente para la prosperidad y bienestar de la sociedad. Los mismos científicos eran conscientes de esa excelencia e incluso admitían, como mencionan los testimonios, que la física nuclear era la élite científica. La fe ciega en la actividad científica se traducía en una ambición también ciega por el poder para sus dirigentes.

En este ambiente, el fallo del reactor número cuatro de la central nuclear de Chernóbil, cuya explosión y posterior incendio expulsaron cantidades de material radiactivo 400 veces mayor que en las bombas de Hiroshima y Nagasaki, produjeron en un principio incredulidad entre la población. ¿Cómo era posible que fallara la física soviética? Como cuentan los testigos, las horas posteriores al accidente estuvieron sumidos en un secretismo y misterio por parte de “los de arriba” que se tradujo en miedo y desesperación para la población, que trataba de sobrevivir el día a día viendo como muchos de sus seres queridos morían en circunstancias macabras e inexplicables para ellos. En lugar de hablarse de falta de información conviene subrayar que reinó una deliberada ocultación de la información sobre lo que realmente estaba ocurriendo; alarmar a la ciudadanía sobre los peligros devastadores de la radiactividad suponía dejar en evidencia a la física soviética, y eso era equivalente a mostrar debilidad.

Imagen actual de Prípiat, hoy en día ciudad fantasma, que se situaba en la zona de exclusión de Chernóbil.
Fuente: Fotokon/Shutterstock.

El desastre de Chernóbil y sus secuelas mostraron, en mi opinión, las consecuencias de que la ciencia esté a merced de la política y de sus intereses. Se antepuso la imagen idílica de una nación socialista poderosa a las vidas humanas y a las necesidades ecológicas provocadas por el accidente. La noción de que ciencia es poder, en este contexto, me parece un arma de doble filo, porque cuando ocurren desastres inesperados, la sociedad se siente traicionada con la ciencia. Fueron los dirigentes y altos cargos políticos los que, con su peligrosa retórica, educaron a su pueblo en el culto a la ciencia prometiendo prosperidad para luego abandonarlos en un intento de salvaguardar la imagen de una nación poderosa. Cuando la ciencia se utiliza con fines políticos, ésta deja de ser una herramienta para el avance y el progreso de la sociedad y del mundo, para convertirse en una carta en el juego del poder de unos pocos.

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