La noción del arte como lenguaje es una idea que ha tenido fuerza a lo largo del siglo XX. A pesar de los trabajos que se han llevado a cabo analizando su funcionamiento y organización, hoy en día se afirma que el arte no puede identificarse como lenguaje. Contiene similitudes con el lenguaje, con elementos de la comunicación verbal y visual, pero posee características propias muy distintivas que imposibilitan que pueda ser equiparado con el lenguaje cotidiano. El arte, más que a la comunicación, dedica su empeño a la función estética, por eso se dice que el arte es significativo y necesita ser interpretado.
La música en cambio, sí que se logra vincular con la comunicación. El proceso comunicativo de la música tiene un claro objetivo socializador porque tiene la capacidad de provocar en los receptores una reacción específica, que depende en gran medida de la sensibilidad y capacidad del receptor de interpretar el mensaje. Aun así, también ha habido controversias en torno a la consideración de la música como lenguaje. Si bien es cierto que su carácter abstracto y sus peculiaridades la convierten en incomparable a un idioma, una de las definiciones oficiales considera el lenguaje como «manera de expresarse«, y en esos términos, es indudable que la música sí que podría estimarse como tal.

Los avances en las tecnologías han transformado por completo nuestra manera de recibir y disfrutar del arte. El arte lleva implícito un aspecto comunicativo entre el creador y el espectador, pero para poder transmitirlo es necesaria una dimensión divulgativa, dar el arte a conocer, explicarlo y contextualizarlo, más allá de la interpretación personal de cada persona. Esto implica aliarse con sistemas de marketing y comunicación no solo para maximizar la difusión y que llegue al mayor público posible, también para saber cómo adaptar el mensaje a los canales comunicativos disponibles, para persuadir al público y educarlo para que aprecie el arte en su totalidad, entre otras cosas. Uno de los ejemplos más significativos de las aportaciones de las tecnologías es el impacto que ha tenido el videoclip de la obra «Apeshit» de Beyoncé y Jay-Z rodado en el Museo del Louvre en París.
Finalmente, la teoría de la comunicación artística por Nicole Everaert nos señala que ante una obra artística, el texto artístico cumple una función orientativa, sirve de guía para la interpretación del receptor; esto puede conducir a un proceso de autorreflexión por parte del receptor, dependiendo por una parte del grado de deseo que tenga de hacerlo, y de su propia capacidad, relacionado con las configuraciones mentales del receptor respecto al arte y respecto al conocimiento de las prácticas de reflexión.
Esta teoría también nos recuerda que cuando el autor deja las pistas orientativas al público en sus obras, se da el proceso de interpretación, que al fin y al cabo es un proceso de traducción de esas pistas por cada receptor; esto, de manera implícita, supone que el propio proceso de tránsito de información del artista al receptor sea un proceso complejo y que reduzca las posibilidades del receptor de reconstruir el sentido original del mensaje.
