La noción de la neutralidad en el ámbito científico defiende que la ciencia está (o debería estar) exenta de subjetividad y valores, y aboga por la separación de la ciencia de la política, convirtiendo a esta última la única responsable de las tomas de decisiones que (supuestamente) se hacen a partir de una práctica científica objetiva. Esta opción parece atractiva, sobre todo al recordar algunos episodios a lo largo de la historia que se han considerado como episodios “oscuros” de la ciencia, como el diseño de la bomba atómica. Por mucho que, en última instancia, la toma de decisión acerca del uso que se hace de algún desarrollo científico sea determinante (es decir, que el uso que se hace de dichos algunos artefactos es lo que debería tener la connotación negativa), creo que no puede pensarse en la ciencia como algo neutro y objetivo. La ciencia es una actividad social, influenciada tanto por factores externos, por ejemplo, el contexto sociocultural, como internos; la ciencia es una actividad humana por encima de todo, y las personas no son entidades objetivas, tienen valores y sesgos que inevitablemente influyen en la misma disciplina.
Esta subjetividad no debe enfocarse como algo necesariamente malo, y desde luego no se debe imaginar a cada persona que trabaja en la ciencia plasmando todo su abanico de sesgos y valores en la práctica. La ciencia ha ido transformándose a lo largo de la historia gracias a la toma de decisiones y criterios basadas en valores de quienes las han practicado y del contexto en el que estaban insertados. Aun así, resultaría interesante poder definir mejor los valores no epistémicos, los que no están relacionados con el conocimiento científico sino con la ética o política, para, así, poder cuantificar su verdadera influencia en la actividad científica.